La verdadera historia del urogallo – Blog de Fernando López Mirones

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Fernando López Mirones – 23/2/2018 –

Hay casos de ciertas especies animales que resultan muy significativos porque el mensaje que nos dejan los datos sobre la evolución de sus poblaciones no encaja con lo que nos quieren hacer creer ciertos sectores interesados del ecologismo. No debemos olvidar nunca una cosa: el cazador paga por ejercer su pasión en el campo y el ecologista cobra por lo mismo, vive de eso. Por tanto, a este segundo a menudo lo atenaza la tentación de vender miedo. De este modo, tiende a difundir que todo va mal para hacerse necesario. Económicamente, para una ONG conservacionista el mayor desastre sería que sus especies de acción estuvieran sanas y lejos de la extinción. Simplemente, tendrían que buscarse otro trabajo. Para los conservacionistas honestos, que los hay y muchos, la mejor de las noticias es que las especies sobre las que operan salgan de las listas rojas. No nos engañemos, en todas partes cuecen habas. Entre los cazadores la tendencia puede ser la contraria, es decir, exagerar lo positivo para poder seguir disfrutando. Entonces ¿de quién nos debemos fiar? En mi opinión no hay duda, de los científicos reputados, de los investigadores serios, de los veterinarios y los técnicos de campo.

El urogallo es uno de esos casos. Para quien no lo sepa, existen en Europa unos proyectos de conservación llamados LIFE y dotados de jugosos presupuestos para aquellos que los ganen. España es líder en proyectos LIFE. En pocas palabras, se trata de presentar unos objetivos, un equipo y unos presupuestos para preservar una determinada especie o ecosistema y, si se gana, se dispone de un plazo para ejecutarlo. El caso del urogallo cantábrico es uno de esos misterios que nos abren los ojos. Resulta indiscutible que los urogallos siempre, desde hace siglos, han convivido con agricultores, ganaderos y cazadores sin que sus efectivos desaparezcan. De pronto, hace décadas, se prohíbe terminantemente su caza, aplicando el paradigma del cazador malo culpable de todo, y sin embargo su población no sólo no se recupera, sino que va a peor. Aquellos gallos de monte eran capaces de compensar el impacto de la caza legal perfectamente, pero eran los tiempos de la moda conservacionista poco científica.

UROGALLO
Urogallo. / Shutterstock

Ahora mismo, mientras usted lee esto, tras un Proyecto LIFE, lustros de conservación, millones de euros y caza cero, el urogallo cantábrico está condenado a la extinción. ¿Cómo es posible? Nadie se dio cuenta entonces de que es un ave grande que cría en el suelo de estos bosques del norte. Tampoco, en este afán de que el ser humano está ajeno a los ecosistemas si no es para algo malo, se percataron de que las labores de pastoreo y agricultura montana aclaraban el bosque, creaban calveros y ecotonos que eran muy buenos para sus nidos. Los cazadores también controlaban a los lobos, los zorros y los jabalíes, entre otros, que son enemigos de las nidadas del gran gallo toro. Ahora los datos hablan por sí solos. Cuando en los montes cantábricos había más gente a los urogallos les iba muy bien. Cuando se ha prohibido todo y esos mismos paisajes se han llenado de defensores de urogallos, el animal se nos va. ¿No les da la sensación de que a veces lo mejor que les puede pasar a los animales es que los dejen en paz éstos que los matan de amor?

Pocos contamos estas cosas porque a gran parte de los que las saben les conviene seguir vendiendo miedo y recolectando subvenciones para salvar animales a los que, en realidad, perjudican. Ecología y economía son casi la misma palabra. En mi opinión, cazar urogallos de forma sostenible, recaudando mucho dinero y recuperando zonas rurales deprimidas, es más inteligente y eficaz que todos esos millones de euros que se gastan en pagarles tres años de sueldo a personas que no saben de lo que hablan. En esta España de paisajes forjados en la caza, eliminar del rompecabezas al ser humano puede no ser buena idea.

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2 Comentarios

  1. Pues muy sencillo, los mismos que protagonizaron su enlace son los mismos que protagonizan este artículo. A principios del siglo XX, la aristocracia cazó hasta que se aburrió y cuando se aburrió creó los parquecitos naturales. Totalmente complementarios. Lo que pasa que usted confunde la caza normal de la gente de los pueblos con lo que practica el emérito.

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