Una cuestión de estructura

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Alberto Núñez Seoane – 5/07/2017

La naturaleza, esa que amamos y respetamos los cazadores, nos lo viene enseñando desde el principio de los tiempos: adaptación o extinción, no hay otra. La pasión que nos une, la caza, existe desde mucho antes que nuestra especie se pudiese considerar como tal. Su práctica proporcionó a nuestros antecesores remotos la posibilidad de consumir carne, alimento que suministró los nutrientes imprescindibles para posibilitar el aumento de la masa cerebral, circunstancia que haría posible la transición desde el Homo antecessor al Homo sapiens.

Con el transcurrir del tiempo la caza evolucionó: de ser una actividad insustituible para alimentarse, subsistir –defendiendo a los primeros homínidos del ataque de sus potenciales predadores, protegiéndolos del frío con las pieles conseguidas…– y, sin duda, progresar, proporcionando a nuestros ancestros, instrumentos, herramientas y armas, pasó, decía, a instaurarse como un elemento de regulación de la fauna salvaje y del necesario equilibrio entre las poblaciones de animales, el medio ambiente y el hombre. En ambos casos, en sus comienzos y la actualidad, la caza se muestra como indispensable. En el primero, para sobrevivir; hoy día, para mantener sana y eficiente la biodiversidad, en muchos casos amenazada por la intromisión abusiva de la pretendida civilización que hemos creado.

Los cazadores hemos estado aquí ‘desde siempre’. Durante todo el tiempo transcurrido desde nuestra aparición en el planeta como especie hasta las últimas décadas del siglo XX nadie, a quien le gustase, se preocupó de otra cosa que no fuese cazar. Con la excepción de las salvajadas cometidas en la India por los ingleses, en Norteamérica por los colonos blancos y en África del Sur por los boers, la fortaleza de la fauna salvaje era lo suficientemente sólida como para no suscitar preocupación alguna. Las consecuencias de la revolución industrial de finales del XIX, la expansión descontrolada de la agricultura extensiva y la ganadería intensiva, junto a la conquista invasiva del hombre de todos los biotopos posibles en nuestro mundo, pusieron en riesgo grave la subsistencia de muchísimas especies de animales y plantas.

La situación provocó la aparición de los llamados partidos verdes, defensores de un cambio radical en nuestra relación, prepotente y desconsiderada –hay que decirlo–, con la naturaleza. Era un cambio previsible, yo diría que necesario, pero el avance imparable de estas formaciones políticas y su cada vez mayor influencia en las políticas de muchos gobiernos tuvo un efecto multiplicador que provocó el nacimiento de lo que hoy conocemos como ‘ecologistas’ –lo entrecomillo porque no lo son–, y con posterioridad, de los que se autodenominan ‘animalistas’ –a estos lo pongo entre comillas para que no se escapen–. La torpe e irrefrenable tendencia de la naturaleza humana, salvo honrosas y escasas excepciones, a radicalizarse asumiendo posturas extremistas y considerar ‘enemigo’ a todo hijo de vecina que no piense lo mismo que quien ‘decide’ lo que hay que pensar, hizo el resto para llegar a la situación en la que hoy nos encontramos.

Si nosotros –cazadores– éramos cuando ellos –verdes– no estaban, y estábamos cuando ellos ni eran, ¿por qué hoy parece que sean ellos los únicos con derecho a estar? Pues eso, por una cuestión de estructura. La estructura que ellos, sin tenerla, han construido. La estructura que nosotros, con todo el tiempo y la experiencia a nuestro favor, no hemos querido ni sabido ni podido construir. Da que pensar, ¿a que sí? Pues eso… ¡piensen! 

Una cuestión de estructura
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