¿Por qué también deben cazarse trofeos pequeños?

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No te dejes seducir sólo por los grandes machos. Te contamos por qué debes prestar atención a esos otros de menor tamaño que también hay que extraer.

25/10/2018 | Carlos Vignau

Si eres de esos que solamente disponen de un único precinto o que arriendan un acotado para una sola temporada, será difícil hacerte ver la necesidad de gastar tu permiso en un trofeo ‘reducido’ en lugar de un gran macho. En cambio, si tienes la suerte de firmar un coto con vistas al futuro no debes perder de vista un aspecto: la gestión. De esta manera podrás controlar, equilibrar y perfeccionar los animales del mañana.

Olvídate de los trofeos

pequeños trofeos
Los pequeños también se cazan. / Shutterstock

Lo sabemos: de sueños vive el hombre, y más aún el cazador. Un corzo adulto -por poner un claro ejemplo- grueso en la base, con las perlas repartidas y las puntas largas y afiladas es el objeto de deseo de cualquiera, pero en ocasiones hay evitar la tentación y ser capaz de mirar para otro lado. Con esto no queremos decir que te olvides de ellos o que, si los puedes recechar, no cierres el lance. Al contrario, las oportunidades suelen surgir una sola vez en la vida, pero nuestro consejo es que, si puedes, no sean tu objetivo principal en el primer año. Estudia bien la densidad de población de la zona y evalúa de forma exhaustiva cuántos animales pueden ‘sobrar’ en ella. Busca esos machos jóvenes que, por falta de genes dominantes, escasez de alimento o afectados por enfermedades no se han desarrollado como debieran en su primera cabeza. Si eres capaz de localizar a estos ejemplares, no dudes en jugar el lance como si de un medalla se tratara. La emoción que desprende un macho en su plenitud no es comparable, pero es posible que vivas lances cargados de adrenalina y que te sirvan como preparación para trofeos superiores.

Aprovecha el arranque de la temporada

Parece un detalle sin importancia, pero no lo es. Es en esas fechas cuando los grandes machos comienzan a marcar sus territorios y a expulsar a los congéneres menores que no son dignos rivales en su carrera reproductiva. Esto hace que el monte se llene de errantes que se desplazan de un paraje a otro en busca de su lugar en el mundo. Es en ese momento cuando debes tratar de abatirlos. Estarán confiados, pues aún no hay muchos cazadores baleando el campo y rececharlos puede resultar más sencillos. Es posible que vayan acompañados de alguna hembra, también joven: vigílalas, pues ellas son las encargadas de delatar tu presencia. Este tipo de caza selectiva no se circunscribe exclusivamente al principio de la temporada, pero si lo intentas cuando ya se encuentre muy avanzada puede que te cueste algo más. En la época de celo también es posible localizar con facilidad este tipo de ejemplares… aunque sea a la carrera, cuando son expulsados por el corzo dominante.

Deja espacio para los más grandes

pequeños trofeos

La razón principal es evidente: si cazamos animales débiles o enfermos estamos protegiendo a las poblaciones corceras de la zona. Evitamos así que la carga genética de los menos válidos se extienda por el coto, lo que nos permite influir sobre la calidad de los futuros trofeos. Para que un corzo se desarrolle con vigor han de entrar en juego muchos factores, como la herencia genética, la alimentación y, sobre todo, la tranquilidad: un animal es grande porque el entorno que habita cumple estos requisitos. Tenlo claro: si quieres que en tu coto se cacen grandes machos, empieza por los pequeños.

Llena tu arcón con carne de primera

Cuando en un restaurante pides ossobuco de venado, patatas con jabalí o lomo de gamo en salsa tienes las mismas probabilidades de que la carne sea de macho o de hembra. En las monterías tradicionales suelen abatirse un porcentaje similar de unos y otros, pero no sucede lo mismo con el corzo. La mayoría de la caza que se comercializa y consume en España es de machos, normalmente adultos o viejos. Todas son de excelente calidad, pero te animamos a, tal y como haces con ciervos o cochinos, pruebes los lomos o solomillos de un ejemplar joven: su ternura es incomparable, y desaparece buena parte de ese fuerte e intenso sabor montuno propio de ejemplares entrados en años.

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