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Seis objetos y triquiñuelas de caza usados por nuestros abuelos que aún funcionan

Aunque ahora en la caza contemos con tecnología de vanguardia y ofrezcamos la versión más 'metrosexual' de la historia del hombre predador, hay cosas que permanecen inalteradas a pesar del paso tiempo.

Jara y Sedal

Por Antonio Cástor

Los cazadores hemos cambiado mucho en las últimas décadas. La caza no. En este artículo hacemos un repaso a aquellos consejos, tretas y costumbres del abuelo que, por muchos años que pasen, no perderán efectividad a la hora de llenar el zurrón.

1-. Cartuchos recargados

Para los románticos es una gozada abatir caza con munición que uno mismo ha fabricado buscando los mejores ingredientes. Hoy casi nadie lo hace por la comodidad y el módico precio por el que se adquieren en cualquier armería, tienda de deportes o Internet.

Eso no quiere decir que con las herramientas y componentes adecuados no se puedan conseguir unos cartuchos de primerísima calidad a un coste más contenido, pero lo que echa a muchos atrás es sobre todo una cuestión de tiempo más que económica: habría que disparar miles de tiros para que se notase realmente en nuestro bolsillo.

Lo que sí hacen hoy en día cada vez más aficionados es recargar su propia munición metálica. Cuando hablamos de balas, y más aún en calibres un poco ‘especiales’, el ahorro económico es bastante importante. Cualquier persona que tenga un rifle un y dispare unas cuantas cajas de balas al año debería plantearse incorporarse al mundo de la recarga.

Aparte de que es una práctica fascinante de por sí, supone el abaratamiento de una munición que con experiencia diseñaremos totalmente a nuestro gusto, fiable y regular. El precio de las balas suele ser la principal razón por la que los cazadores de mayor no practicamos más a menudo el tiro. A uno le da un poco de reparo pensar que cada vez que toca el gatillo le cuesta de tres euros hacia arriba.

Abuelo recargando cartuchos. /Foto: Leonardo de La Fuente

2-. Zurrón con redecilla

Hoy en día está casi totalmente en desuso, pero hasta hace algunos años era habitual que la mayoría de cazadores de menor fuesen con canana y zurrón de serraje en bandolera. Es cierto que el portar un peso importante en bandolera no es cómodo ni bueno para la espalda y es mejor hacerlo en una mochila porque lo distribuye mejor; lo que se ha perdido es el detalle de que estos zurrones llevaban una bolsa con redecilla donde se introducían las cazas y en las que cabían muchas piezas.

Lo principal es que desde antaño sabían que no es conveniente guardar una pieza recién muerta en un lugar cerrado, y mucho menos en una ‘horrorosa’ bolsa de plástico para que no nos manche el chaleco. Sobre todo si hace calor, la carne se recuece y estropea si no se airea y el sabor puede tornarse demasiado ‘montuno’ para muchos paladares.

Hay que recuperar las mochilas con redecilla y el llevar las piezas colgadas y aireadas. Muchas veces, la culpa de que la gente no consuma más carne de caza la tienen los ‘regalos’ que los cazadores les hacemos: en pleno mes de julio le damos a un amigo una bolsa blanca repleta de conejos sin eviscerar que ha estado guardada en nuestro chaleco hasta las 14:00 de la tarde… y luego nos extrañamos.

3-. Engarronar o apiolar una liebre o conejo

Liebre apiolada

Lo de engarronar viene de atar los garrones o uñas interiores de las patas traseras con el objetivo de poder colgar la pieza fácilmente en un cinturón, una vara, un cayado o cachava, y sobre todo encima de las bestias de carga. De esta manera, los cazadores profesionales podían transportar sobre un borrico de cantidades enormes de piezas de pelo.

El animal queda sujeto firmemente por ambos tendones entrecruzados y jamás se suelta si se ejecuta correctamente. Me atrevería a decir que la mayoría de los cazadores actuales no sabe realizar esta sencilla operación, exceptuando a los galgueros. Aparte de la mayor comodidad para el transporte, también facilita que la carne se airee y conserve mejor.

Por cierto, esta costumbre se ha perdido tanto que se llega a confundir el verbo ‘apiolar’, que se refiere exclusivamente a realizar este proceso, y mal utilizándolo como sinónimo de abatir una pieza de caza.

4-. Usar reclamos y atrayentes

Aunque el mercado de este tipo de productos en la actualidad casi abruma, la mayoría de estos inventos ya se fabricaban de manera artesanal por nuestros ancestros: tubos para berrear, chillos para el zorro, reclamos de zorzal, codorniz, pato… Existían hace ya más de alguna centuria y se cazaba usándolos con maestría.

También era cosa sabida que recoger orina o basura de la cochiquera de una gorrina casera que estuviese en celo era mano de santo para atraer a los jabalíes grandes y dejarles ir a cascaporro un postazo o trallazo con un cartucho recortado.

El caso es que si tenemos un macho resabiado que no termina de dar la cara en plaza, sigue funcionando que da gusto –como el gasoil y aceite lubricante para motores que se empleaba con tal fin y que hoy está totalmente prohibido–. El hambre se la aguantan por recelo, pero las ganas de fabricar rayones…

5-. Eviscerar la pluma con un palito

Vieja caja de cartuchos del calibre 16. / I.H.

Otro truco de nuestros abuelos que creemos se utilizaba porque antes no existían los frigoríficos. Craso error. El motivo es que sabían que la tripa contamina el sabor de la carne rápidamente. Si volvemos a recuperar este tipo de prácticas el sabor de nuestros guisos y los paladares educados de nuestros comensales lo agradecerán.

El proceso de introducir el palo por la cloaca, enroscar la tripa y extraerla no lleva más de 20 segundos. No sé si los aficionados jóvenes sabrán también que una perdiz sin vísceras, colgada en un lugar fresco y seco como eran las cimbras o altillos de las antiguas casas, podía aguantar en perfecto estado de consumo incluso un mes.

Lo que hoy se llama madurar la carne vamos, y que los cocineros franceses han llevado tradicionalmente hasta el extremo de considerar que la pieza no estaba lista para comer hasta que no se desprendía el cuerpo de la cabeza.

6-. Usar animales muertos para cebar predadores

Antes, el paisano que se enteraba dónde había quedado muerta oveja, cabra… andaba al quite para que no se le adelantasen y poder conseguir alguna piel bien pagada o incluso recompensa económica que, durante muchos periodos de la historia, los ayuntamientos estaban obligados a abonar a quien presentase una alimaña.

Es un sistema que aún se puede practicar con éxito contando con un buen escondite, el aire a favor y buenas dosis de paciencia.