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Caza un jabalí con unas descomunales amoladeras con su vieja repetidora

El veterano cazador, con el jabalí. © J. P.

Por Juan Pavía Martínez

El pasado 24 de octubre, a sus 77 años de edad recién cumplidos, mi padre, Juan Pavía Gil, se reconcilió con el monte tras un par de temporadas duras, de esas en las que el esfuerzo y las horas dedicadas no dan el fruto esperado. Un par de temporadas de mucho monte y pocos lances.

Juan caza desde pequeño. Siempre lo ha hecho. De joven, con la cuadrilla de su padre –andando desde casa al cazadero – y después (tiempos más cómodos) conmigo.

Antes, a la menor, a las perdices en una de las sierras que ve desde su ventana. Pero ya van treinta años que casi únicamente a la mayor, a jabalíes. En la otra de las sierras que miran a su pueblo, allá en el interior de Castellón. Coto social, pequeño, humilde, con su cuadrilla… su gente. Ganchos y batidas con poca pero muy buena gente.

Juan, además, hace de cronista de la cuadrilla y con cada principio de temporada entrega a cada cual un librillo donde se recogen los relatos y resultados de la anterior. Esta vez le toca a él protagonizar uno de ellos.

Un jabalí para recordar

Hay un rincón del cazadero que es especial. Uno de esos sitios en los que – si así lo buscas – encuentras la sensación de estar solo y lejos de todo. Duro. Solana y umbría que vierten aguas al cauce de un pequeño riachuelo, cerrado, estrecho y oscuro. Rodeno por todas partes. Artos, espinos, zarzales y aliagas dan cobijo a jabalíes en las ramblas que confluyen. Sus laderas, salpicadas de alcornocal, carrasca, coscoja, pino carrasco y pino negro en la parte más alta, un regalo para los sentidos. De uno de los cierres de la solana, que se extiende desde la rambla hacia los altos, se han encargado unas cuantas veces Juan padre y Juan hijo junto a algún compañero más.

Resulta un cierre difícil, porque hay mucho monte y poca gente. Muchos lances y algunos cobros para recordar. Y es que, este cierre, que a Juan ya le brindó algún buen jabalí tiempo atrás, este 24 de octubre le regaló el jabalí de su vida.

El lugar, el animal, el lance, y la forma de resolverlo. Todo. Ese día Juan echaba el aire a la mancha. Mala cosa. Puesto complicado. Y por ello se tuvo que esquinar en una punta de un ribazo que le daba algo de altura sobre el paso de los animales y con ello, algo de ventaja para poder verlos antes de que le pudieran barruntar, pero que por contra…le dejaba más enmontado y así el tiradero se veía reducido una ventana de apenas metro y medio entre alcornoques a una docena de metros de la postura.

Al poco de la suelta, una ladra se arranca rápida

La jornada fue rápida. Había rastros y había rastro de un jabalí grande. Al poco de la suelta, una ladra se arranca rápida, solano atrás, por la parte baja, buscando el cierre de Juan. El animal parece que saca ventaja y se dejan de escuchar los perros. Silencio… uno o quizás dos minutos y como de la nada, allí se presenta, ligero, trotando, de huida entre los alcornoques…

Juan y su inseparable Beretta A-303

Juan siempre ha cazado con escopeta. Algún tímido intento con un viejo 742 Woodmaster de Remington en .280 Remington, pero nunca le dieron ninguna confianza alza y guion. En definitiva, los últimos cuarenta años lo ha hecho con su inseparable Beretta A-303 del calibre 12. Y eso fue, una Sauvestre del 12/70 detrás de la oreja, lo que lo paró en seco.

Buen lance, corriendo la mano hasta la ventana entre alcornoques para cortar la huida de su jabalí. «Vaya tela lo que ha matao tu padre», dijo el compañero que con sus perros llegaba, solano arriba, al puesto de Juan hijo. Y así era. Bonito animal el que le brindó la sierra y bonito lance el que jugó Juan. Arocho, ya con su buen pelo de invierno pese a este tiempo tan loco que tenemos, cabeza canosa y 100 kilos exactos en la romana.

Unas defensas increíbles

Más imágenes del trofeo del jabalí. © J. P.

Unas defensas de las que te hacen quedarte un buen rato sentado. Sólo mirando. Amoladeras para recordar, pues la franja mediterranea no acostumbra a dar esos grosores con frecuencia. 16 cm de longitud y 8,3 cm de grosor. Simétricas, roscadas y con el color que toca. Ni más ni menos. Haciendo recordar, por sus medidas, las del mítico jabalí de Tomás Higuero.

Las navajas, eso si, con parámetros mucho más normales que éste. Promediando 20 cm de longitud y 2,6 cm de anchura que, con la simetría, color y circunferencia, darán a este trofeo en torno a los 118 puntos oficiosos. Números que no tienen más intención que reconocerle a esta sierra el animal que ha criado. Ni más ni menos. El cazador juega su lance con y sin trofeo.

El trofeo, en batida, es caprichoso…puede estar o no estar y ello no depende del cazador. El mérito del cazador es jugar el lance y –eso sí- suyo y solo suyo es el recuerdo.

Gracias a Ángel, jefe de cuadrilla y de quien nunca se deja de aprender, a José Manuel, al otro Juan (porque somos tres) a Ricardo, Manolo, Toni y Matías por la compañía y sus felicitaciones en esa jornada. Y a la cuadrilla vecina, José, Tino y su gente que ese día tenían localizado el rastro. Esperando la próxima jornada.

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