Carlos Grille tiene 20 años y una afición que comparte con más de 20.000 seguidores en Instagram. Bajo el nombre de @fishinggalicia, este joven gallego muestra sus jornadas y conocimientos sobre rockfishing y spinning. Ahora comparte con Jara y Sedal su experiencia detrás de uno de los peces más codiciados por quienes pescan con señuelos artificiales: la lubina (Dicentrarchus labrax).
Su punto de partida es que no existe una fórmula que funcione siempre. Grille basa sus consejos en lo aprendido en la Costa da Morte, donde ha comprobado que las grandes lubinas pueden aparecer en circunstancias muy diferentes a las que muchos pescadores consideran ideales. Observar, probar y aprender de cada salida resulta tan importante como elegir el equipo.
Conocer a la lubina antes de elegir el señuelo
Grille describe la lubina como un pez de comportamiento impredecible, capaz de cambiar sus hábitos de una zona a otra. Puede encontrarse en playas, desembocaduras, pedreros, puertos o fondos mixtos de arena y roca, tanto en aguas someras como en lugares profundos. Tampoco queda limitada a la espuma, al agua turbia o a las primeras y últimas horas del día.
Esa capacidad de adaptación también se refleja en su alimentación. Es una especie oportunista que puede consumir camarones, cangrejos, pequeños peces o gusanos. Para el pescador gallego, comprender esa variedad de escenarios y presas ayuda a afrontar cada jornada sin dar por hecho que las lubinas responderán siempre de la misma manera.
El equipo que utiliza en la Costa da Morte
Para esta pesca, Grille propone cañas de spinning medio, con un rango de lance comprendido aproximadamente entre los 8 y los 40 gramos y longitudes de entre 2,10 y 3 metros. Se decanta por modelos de acción rápida, con puntera tubular y semirrígida, acompañados de un carrete de tamaño 4000 o 5000. Completa el conjunto con un trenzado de entre 0,18 y 0,22 milímetros y un bajo de fluorocarbono de entre 0,40 y 0,45 milímetros.
Entre los equipos que utiliza destaca las cañas Hart Bloody Marine Light, de 8-38 gramos, y Bloody Mare, de 12-40 gramos. Las combina con un carrete Hart Miura Spin Force 4000, trenzado Hart MJ Brais Multicolor de 0,20 milímetros y un bajo Hart MJ Fluorocarbon de 0,41 milímetros. Es su elección personal por las sensaciones y el disfrute que le proporciona durante la pesca. En cuanto al tamaño de los artificiales, se mueve habitualmente entre los 120 y los 170 milímetros, aunque siente especial predilección por los señuelos de 140 milímetros. Considera que ofrecen una medida intermedia con la que ha obtenido buenos resultados.
La recogida con la que consigue más picadas
Los minnows ocupan un lugar destacado en su caja. Utiliza tanto modelos flotantes como hundidos, aunque prefiere estos últimos porque le permiten adaptar la profundidad de trabajo. Entre los que mejores resultados le están dando con lubinas grandes cita el Hart Solera de 140 milímetros, el Hart Piston Jerk y el Hart Mirai 125S.
Grille también presta atención a la natación del artificial. En su experiencia, los movimientos de tipo wobbling y rolling, que combinan el bamboleo con la oscilación sobre el eje longitudinal del señuelo, son los que mejor le han funcionado. Su recogida preferida es lenta, intercalando series de dos, tres o cuatro toques de puntera y una breve pausa de uno o dos segundos.
Muchas de sus picadas llegan precisamente durante esas pausas. Por eso concede tanta importancia a detener brevemente el minnow después de moverlo: según explica, ese momento puede desencadenar el ataque de una lubina que está al acecho.
Otros artificiales y cómo escoger el color
Aunque los minnows son sus favoritos, también recurre a paseantes de superficie, como el Grinding Wire, cuando encuentra el mar muy tranquilo y sin olas. En su selección aparecen igualmente paseantes hundidos, como el Hart Class, y vinilos con cola de tipo shad, como el Hart Pepe. La elección depende de las condiciones que encuentre en cada salida.
Su preferencia personal se inclina hacia los señuelos rígidos. Le resulta más complicado engañar con ellos a un pez que con un vinilo y esa dificultad hace que valore especialmente la captura. Eso no le impide cambiar de artificial cuando considera que otro puede responder mejor al estado del mar.
Para los colores sigue un criterio ligado a la visibilidad. Con aguas claras emplea tonos azulados, verdosos o marrones; cuando el agua está algo turbia y la visibilidad disminuye, se decanta por blancos, amarillos fluorescentes o rosados, buscando que el señuelo resulte más visible.
Las grandes lubinas no siempre aparecen cuando esperamos
Amanecer, anochecer, pleamar, espuma y agua tomada forman parte de la imagen habitual de una jornada lubinera. Sin embargo, Grille cuenta que buena parte de sus capturas de mayor tamaño han llegado a pleno mediodía, en bajamar y en zonas de muy poca profundidad. Su experiencia le ha llevado a cuestionar las recetas que se presentan como infalibles.
De ahí su insistencia en explorar y probar. Que un pescador consiga una lubina con un determinado señuelo no significa que ese mismo modelo vaya a funcionar siempre para los demás. Tampoco recomienda mantener de forma automática el mismo artificial y la misma recogida durante toda la jornada.
La clave, a su juicio, está en descubrir qué sucede en el escenario que frecuenta cada uno. Cambiar de zona, modificar la presentación del señuelo y observar la respuesta de los peces permite reunir información con la que tomar mejores decisiones en las siguientes salidas.
Anotar cada captura para encontrar pautas
Cuando llega una buena lubina, Grille recomienda registrar todos los datos posibles: la hora, el momento de la marea, la dirección del viento, la presión atmosférica, la luna y el estado del mar. Basta una libreta o el teléfono móvil para conservar esa información y poder consultarla después.
El siguiente paso consiste en regresar al mismo lugar cuando se repitan condiciones parecidas. Si vuelven a producirse capturas, el pescador empieza a reconocer una pauta que puede ayudarle a localizar los peces. Grille explica que ha vivido esa situación en enclaves concretos, donde determinadas combinaciones de viento, marea y tiempo le han permitido encontrar grandes lubinas.
No plantea ese registro como una garantía de éxito, sino como una forma de aprender de la propia experiencia. Cada captura aporta pistas, pero también lo hacen las jornadas en las que no se consigue ningún pez.
Dónde las busca en otoño e invierno
El otoño y el invierno son las estaciones que destaca para intentar capturar las lubinas de mayor tamaño. En esas épocas busca playas con fondos mixtos y transiciones entre arena y roca, así como pedreros donde se alternen algas, claros de arena y zonas rocosas. Entre sus condiciones preferidas figuran los días algo nublados, con el mar movido y una transparencia intermedia del agua. En su zona menciona jornadas con oleaje de entre 1,5 y 2 metros, aunque insiste en no arriesgar la vida por llegar a un puesto de pesca.
Una vez en el escenario, dirige sus lances hacia las irregularidades: piedras que sobresalen, cambios de profundidad, canales, corrientes, manchas en el agua o pequeñas rompientes que generan espuma. Son los puntos en los que concentra sus esfuerzos para aumentar las posibilidades de encontrar una lubina.
Paciencia, menos presión de pesca y seguridad
Otro factor que tiene en cuenta es la presión de pesca. En lugares muy frecuentados, como determinadas zonas portuarias, considera que resulta más complicado engañar a las lubinas. Por eso busca escenarios menos castigados, siempre que pueda pescarlos sin exponerse a un riesgo.
También recuerda que detrás de una buena captura suele haber muchas horas, señuelos perdidos, peces que se escapan y jornadas sin resultados. La falta de picadas puede generar frustración, pero no significa necesariamente que todo se esté haciendo mal. A menudo, volver con las manos vacías también supone regresar con algo aprendido.
Para Grille, esa dedicación explica buena parte del valor que tiene sentir finalmente la picada y conseguir el pez. Pero hay una idea que sitúa por encima de cualquier captura y con la que cierra sus consejos: «Ningún pez vale nuestra vida».
