Verde oscuro – Blog de Jesús Caballero

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Jesús Caballero – 22/03/2018 –

La diferencia entre ecología y ecologismo es que mientras aquella es ciencia, ésta es ideología; es decir, aquella es «hija del conocimiento», y ésta, de la «sospecha» –etimología dixit–. Por fortuna, la ciencia no es democrática. No se aterriza un 747 con maniobras consensuadas por el pasaje. Esta obviedad de dejar a la ciencia la resolución de los problemas que son científicos no parece, sin embargo, prioritario para los ecologistas. Soy coetáneo del primer ecologismo. Lo he visto nacer, crecer, reproducirse y gangrenarse. Surgió a mediados de los 50 como una nueva y vigorosa ideología político-social cuya prioridad era la defensa del medio ambiente en respuesta al malestar y preocupación por los ensayos nucleares y más tarde, por extensión, a ese modelo descarnado de desarrollo capitalista que consideraba el deterioro del medio ambiente un inevitable tributo al desarrollo.
Los primeros éxitos no tardaron en llegar y aquella demanda, fresca y novedosa, tuvo una respuesta política, inesperada y satisfactoria, creándose la EPA (Agencia de Protección del Medio Ambiente Americana) y dando lugar más tarde a la primera conferencia auspiciada por la ONU para valorar globalmente los problemas medioambientales. Hasta ahí lo que podríamos llamar ecologismo primitivo, cuya filosofía compartimos muchos cazadores siguiendo el ilustre magisterio de líderes como Cousteau o Rodríguez de la Fuente. Por desgracia pronto empezaron a infiltrarse en él sensibilidades diversas que nada tenían de ecológicas. En poco más de un decenio en el pedigree del perfecto ecologista cabían ideales antimilitaristas, propalestinos, los neopaganos, luditas, tecnófobos, ecofeministas, animalistas, antinuclerares, antitrasgénicos, antisistemas, antitaurinos, antigalgos, anticaza… con el común denominador de regirse más por emociones que por evidencias científicas. Pocos de los antinucleares saben distinguir la fusión de la fisión nuclear y menos de los opositores a los transgénicos saben qué es un nucleótido o un ácido nucleico, pero opinan con vehemencia, aunque es sabido que pensar con otra víscera distinta al cerebro conduce a conclusiones intelectualmente fallidas. Un error extendido en el colectivo ecologista es caer en ese infantilismo compasivo que se denomina ‘falacia de personificación’, que es dotar de rasgos o características humanas a objetos inanimados, fenómenos o animales. Así nos hablan de que el búho es sabio, el perro fiel, el mar generoso y, por extensión, la madre naturaleza sabia, sagrada y por tanto santificable. De aquí se deriva ese neopaganismo tan de moda que es la ecolatría, que antepone al hombre todo lo natural. La ciencia ecológica considera a la caza un recurso natural renovable, por lo que su aprovechamiento sostenible, goza de una ética indiscutible, aunque algunos ‘paleodemócratas analfabetos’ sigan pensando que la ciencia debe ser el sentir de la mayoría. Contradecirlos los enloquece.

La ecología es una ciencia compleja pero propensa a la opinión desinformada. La mayoría de las asociaciones ecologistas no están lideradas por científicos sino por un enjambre de politólogos, abogados, historiadores… que sí se muestran hábiles en el manejo de masas y las técnicas de obtención de recursos. Además, encuentran fácil aceptación social bajo la bandera ecobiolight; un trapo por cierto, cada vez más fraudulento. La ‘superioridad moral verde’ se ha visto reducida por sus contradicciones a una mera sacarina ideológica con la que endulzar la mala conciencia de una sociedad cada vez más hipócrita respecto al medio ambiente. Por todo, la comunidad científica manifiesta ante sus propuestas un alto coeficiente de desconfianza. El efectismo verde será una moda, pero no es ciencia.
Por desgracia, nuestro colectivo sigue invertebrado y, lo peor, parece mostrarse incapaz de reaccionar con la eficacia necesaria para invertir la tendencia. Nuestra Federación, por ejemplo, sigue más interesada en premiar al más pillo de los rápidos que en afrontar con seriedad la amenaza que supone el permanente deterioro social de nuestra imagen. Lo dijo el sabio: los ecologistas salvarán el planeta, pero ¿quién nos salvará de los ecologistas? 

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