Caza y posverdad

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Jesús Caballero -19/02/2018 –

La RAE ha incluido en su diccionario el neologismo ‘posverdad’ definiéndolo como «la distorsión deliberada de la realidad con el fin de influir en la opinión pública y en las actitudes sociales». Es decir, el uso de posverdades es una forma de manipulación para obtener rédito político o ideológico. Así las cosas, estarán conmigo, pocas actividades humanas sufren hoy tan descaradamente la posverdad como la caza. Basta ojear la prensa generalista o surfear por la red para observar cómo no se pierde la ocasión de ponerla en entredicho moral. Vincular la caza al abandono y maltrato animal son posverdades que soportamos a diario, así como que en las redes sociales el término asesino se utilice como impune sinonimia de cazador. Esta posmoderna maldición actúa con la impertinencia de la gota malaya amenazando horadar nuestros cimientos.

Soplan malos tiempos para la cinegética, y sorprende que una actividad hasta hace poco prestigiosa haya pasado, en menos de una generación, a ser socialmente sospechosa y estigmatizada como incorrección política. Como ser héroe es una opción arriesgada, una parte de la cofradía ha empezado a atrincherarse en los armarios ante el temor de que sus negocios o reputación social se vea perjudicada por esta ola de neofascismo verde que nos cerca.

La posverdad, decía, es una mentira emotiva, pero mentira al fin, y su razón de ser es enmascarar hechos objetivos y científicos apelando a emociones primarias con la única intención de provocar su rechazo. La obscenidad radica en que los que la practican saben que esta invocación va dirigida a la parte más epidérmica del razonamiento y, por tanto, a la menos elevada y crítica, pero, sin embargo, la utilizan porque saben que es un modo sutil pero eficaz de manipulación ideológica. Mucha ciudadanía urbanita, plebe indocta en este tema particular y medioambientales en general, en vez de manifestar prudencia con una causa que desconoce tiende a aceptar las premisas anticaza por buenismo, sin pararse a analizar la grosera impostura de sus argumentos. Así, debemos aceptar, porque es un hecho, que mientras el colectivo ‘contra’ aumenta el nuestro se debilita.

La caza, amigos, lo dicen las ciencias, es un contrastado instrumento de gestión medioambiental, y entenderla como un aprovechamiento sostenible es una tesis moral imbatible en un mundo finito y de bienes escasos. Regulada por ley con criterio ecológico, su impacto medioambiental es despreciable comparado con sus beneficios, y la demostración de esta hipótesis es que los espacios donde ésta se practica presentan más biodiversidad que en los que no lo hacen.

Por eso, las posverdades reiteradas contra la caza no sólo deben ser consideradas como falacia intencionada, que lo son, sino –y es lo peligroso– como una estrategia de distracción de lo esencial, que es el enmascaramiento político de un modo emocional de querer gestionar la naturaleza y nuestra relación con ella. Un enfoque torticero e hipócrita del rol humano en el planeta que ve en nuestro colectivo inequívocos signos de resistencia y, por tanto, un enemigo a abatir.

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