Así se afronta una jornada perdicera

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Cazando entre chaparros

[dropcap]C[/dropcap]azar perdices en un monte cerrado es un auténtico reto. Hacerlo, además, sin la compañía de otros cazadores y con la única ayuda de un perro y nuestro conocimiento del terreno convierten la jornada en un día casi épico. Si a ti también te gusta medirte al máximo con las campesinas, presta mucha atención…

Texto: Antonio Cástor Puerta Yuste  / Fotos: Israel H. Tabernero

 

como afrontar una jornada perdicera[dropcap]E[/dropcap]l otro día leí en uno de esos libros de historia militar que tanto me gustan que la elección del campo de batalla ha venido siendo, desde que nuestros ancestros atinaron a sacudirse la primera pedrada por un «quítame estas pajas», una cuestión de importancia capital para ambos contendientes. La orografía, altitud, fronda, envergadura y conocimiento del entorno han determinado, en numerosas ocasiones, el futuro de naciones enteras, el orden mundial… Han labrado un presente tal y como lo conocemos hoy. No es coña, no. Ejércitos colosales han caído aplastados por otros en inferioridad manifiesta por el mero hecho de contar los segundos con el factor campo. Y si no que se lo digan a Leónidas y a sus célebres 300 espartanos. La percha de persas que se hicieron en el estrecho de las Termópilas no fue una uña –aunque al final les costara el penacho–.

[dropcap]C[/dropcap]avilando sobre ello me doy cuenta del fuerte paralelismo al respecto que se da con este mundillo nuestro. El escenario en que se caza, aun tratándose de las mismas especies silvestres y densidades parecidas, puede hacer que el colgar unas cuantas piezas sea poco más que un paseo campestre o, por el contrario, un choteo constante en el que a uno le da la sensación de estar ‘luchando’ contra un engendro invencible con cuerpo de perdiz.

[dropcap]A[/dropcap]sí me siento yo muchas veces en estos mares de chaparro y coscoja, de enebro y sabina con unos pinos por aquí y una encina por allá: como un principiante que toma siempre el camino y la decisión equivocados. Y el caso es que uno llega por las mañanitas, sin madrugar mucho para localizar los bandos en las siembras, en los perdidos, en esos bancalitos de lo que sea que casi siempre se entreveran, como brochazos de variedad en estos cazaderos monótonos, como oasis a los que arrimarse para apagar nuestra sed de verlas al menos; y las localizamos allí, pero igual que las encontramos se evaporan en la espesura, más aún ahora que ya van llevando unos tiros encima.

como afrontar una jornada perdicera[dropcap]¡[/dropcap]Qué perdices más avispadas! ¡La leche que les dieron! Cuando uno va acompañado todavía se descuida alguna, ¡pero solo! Acabas mareado y con una buena colección de arrancadas en los tímpanos, mas no en la retina. Un par de amigos o tres las van conduciendo un poco, abarcan más terreno y ellas no se quedan atrás tan fácilmente. Intentan escabullirse y se tropiezan con el que lleva la mano unos chaparros mas allá, o te vienen revoladas, o se van quedando amagadas para los perros tras unos vuelos porque les invade la indecisión, que a la postre es lo que las cuelga de los cueros. Ese es el misterio: a la perdiz hay que hacerla dudar para hacerse con ella, pero aquí soy yo el que titubea. Como casi siempre, estoy solo. Es lo que tiene el trabajar tantos fines de semana, el jueves me veo desamparado… pero en el fondo también disfruto, me luce. El campo, mi perro y yo es una modalidad exigente a la que se acaba por coger el gustillo.

Un terreno complicado de cazar

[dropcap]E[/dropcap]n este cazadero debes forjarte un plan de ataque y conocer bien el terreno, y aun así corres el riesgo de acabar desorientado, y cuando crees que el bando se ha dejado caer justo aquí resulta que no, que ha sido 200 metros más a la derecha. Aún peor: cuando llegas entregado al coche, pidiendo permiso a un pie para echar el otro, te encuentras con que allí no hay ningún camino y te cabreas y maldices como si alguien se lo hubiera llevado un par de vaguadas más allá para ver qué cara pones.

como afrontar una jornada perdicera[dropcap]E[/dropcap]stán fuertes las puñeteras este otoño. Con cuatro o cinco bellotas menudillas y unos picotazos de esta alfombra de verdín todos los días, arrancan con un brío que te afloja los pantalones. Muchas veces, poniendo el oído, las sientes apeonar por la hojarasca, buscando el otro lado del chaparro, pero también ellas a ti, y al perro. Entonces, o bien siguen dándole a los pedales o rompen a volar mientras tú te encaras sin poderlas fichar siquiera. Estoy convencido de que la abundancia de jabalíes y depredadores en estos terrenos, más que la presión del cazador, es lo que les imprime ese extra de astucia y recelo. Han de estar siempre alerta, de vista, pero de oído sobre todo, pues el peligro suele venir tapado… pero también tienen sus debilidades porque de lo contrario no serían de este mundo.

Aprovecha sus puntos flacos

[dropcap]A[/dropcap]unque se escabulla por entre los pasillos de la maleza, a la perdiz le gusta vigilar a su alrededor; controlar una buena porción de terreno y cielo le relaja, por eso siempre buscará las peladas del monte, los claros, las majadas. Nuestros zigzagueos entre la espesura deben ir encaminados a conducirlas a estos tiraderos, donde una vez desperdigadas seguro que las podremos sorprender. También se repela alguna recorriendo el perímetro de estas claras si son amplias y hemos conseguido que la perdiz sienta esa inseguridad que la lleva a amonarse y esperar. Si dentro del monte tenemos algún tipo de cresta, altozano o loma, dad por hecho que en sus faldas, o en la misma cima, se habrán recogido varias perdices, así como en las orillas de barrancos y ramblizos, que son paraderos obligatorios de los pájaros en fuga.

como afrontar una jornada perdicera[dropcap]¡[/dropcap]Lo que pude disfrutar el otro día! Una perdiz que vuela y un aluvión de 6ª que la frena. El perro tarda demasiado, porque sé que no va de ala. Me asomo oyendo un trajín de hojarascas y me encuentro al Dido bailando a dos patas debajo de una encina: «¡Coño chico, sí que te ha dado alegría que la mate! ¡Te faltan un guitarra y unos palmeros!». ¡Si no se la bajo de la encina con la punta del cañón le da un faratute al animalico! Y me la colgué, y después otra en la orilla de los almendros, y un par de conejos revolcados al restregón… y la perdiz que se me fue de los pies junto a la antena, sí. Y me dirigí derrengado hacia el coche, que por suerte estaba donde yo creía, sintiéndome un Leónidas con su percha de persas en el zurrón, porque vencí aun estando en clara desventaja, disfrutando la victoria de ese día a sabiendas de que lo normal es que este campo de batalla les sea favorable a ellas, a las campesinas; las que de verdad juegan siempre en casa. JyS

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