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En 1859 introdujeron 13 conejos: seis años después cazaron 14.000 y hoy ya hay 200 millones

Graham, Kevin y Billie Daniel, junto con su perro y 89 parejas de conejos que capturaron durante dos noches en la granja familiar de Ninnes en enero de 1950. © Archivo

Australia protagonizó una de las invasiones biológicas más rápidas conocidas. El 25 de diciembre de 1859, el colono británico Thomas Austin liberó 13 conejos europeos en su propiedad de Barwon Park, en el estado de Victoria. Quería que se reprodujeran para poder cazarlos, pero aquella decisión tuvo unas consecuencias que nadie había previsto.

Los conejos no eran completamente desconocidos en el país. Algunos ejemplares domésticos habían llegado con la Primera Flota británica en 1788, aunque no originaron poblaciones silvestres estables en el continente. El episodio que cambió la historia fue la introducción realizada por Austin, cuyos animales encontraron alimento abundante, refugio y pocos depredadores capaces de contener su expansión.

De 13 conejos a 14.000 en seis años

Según el Museo Nacional de Australia, Austin recibió desde Inglaterra varios ejemplares criados expresamente para su liberación. Apenas seis años después, en 1866, los cazadores abatieron 14.000 conejos únicamente en su finca, una cifra que mostraba hasta qué punto se habían multiplicado.

Su avance por el territorio resultó extraordinariamente rápido. En 1880 ya habían cruzado el río Murray y alcanzado Nueva Gales del Sur; llegaron a Queensland en 1886 y, en 1894, atravesaron la llanura de Nullarbor hasta colonizar Australia Occidental.

En aproximadamente medio siglo, el conejo había ocupado buena parte de un continente de unos 7,7 millones de kilómetros cuadrados. La expansión fue considerada la más rápida registrada para un mamífero introducido: colonizó dos tercios de Australia en unas décadas, mientras que su propagación por Gran Bretaña había necesitado alrededor de 700 años.

© Datos Históricos

Una barrera de más de 3.000 kilómetros

Las autoridades recurrieron a capturas, fumigaciones, recompensas y destrucción de vivares, pero el símbolo más conocido de aquella lucha fue la gran valla contra los conejos de Australia Occidental. La barrera principal comenzó a construirse en 1901 y quedó terminada en 1907.

La estructura alcanzó los 3.256 kilómetros, aunque llegó demasiado tarde: cuando concluyeron los trabajos, los animales ya habían penetrado en el territorio que debía proteger. Además, el deterioro constante de la malla abría numerosos puntos por los que podían atravesarla.

Durante el auge de estas infraestructuras se levantaron alrededor de 320.000 kilómetros de cercados contra los conejos en todo el país. Ninguna de estas medidas logró resolver por sí sola un problema alimentado por la enorme capacidad reproductiva de la especie y su adaptación a hábitats muy diferentes.

El enorme coste de una invasión todavía activa

El conejo europeo se alimenta de brotes, hierbas, pastos, cereales y hojas. Cuando alcanza densidades elevadas, elimina la cubierta vegetal, favorece la erosión del suelo, reduce el rendimiento de los pastizales y compite con la fauna autóctona por el alimento y el refugio.

A finales de la década de 1940, Australia albergaba unos 600 millones de conejos. La mixomatosis, liberada como herramienta de control biológico en 1950, causó inicialmente mortalidades superiores al 99 %, pero las poblaciones desarrollaron resistencia. Décadas después ocurrió algo semejante con la enfermedad hemorrágica vírica.

El Museo Nacional calcula que todavía permanecen en Australia al menos 150 millones de conejos asilvestrados y cifra sus daños económicos en más de 200 millones de dólares australianos anuales. Lo que comenzó con la liberación de 13 ejemplares para disponer de una población que aprovechar cinegéticamente terminó convertido en un problema que el país aún no ha conseguido erradicar.

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