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10 términos del argot del corzo que todo cazador debe conocer

Corzo ladrando. © Shutterstock

Tejado, pincel, babero, escodaduras, peluca… Si quieres ser un cazador de corzos que se precie debes conocer y manejar el argot cinegético de la especie. 

1. Ladrido

¿Quién iba a pensar que el perro y el corzo tenían algo en común? Pues sí, ambos ladran, como el de la foto superior. Se conoce como ladrido al bramido, corto y seco, que proyectan tanto machos como hembras. ¿Los motivos? Como señal de alarma o aviso ante un peligro, llamada previa al celo, advertencia a algún congénere que se adentra en sus dominios… Para el común de los mortales casi todas las llamadas son similares, pero un oído adiestrado en estas lides es capaz de percibir matices y saber si es un macho o una hembra el causante de la llamada, su edad aproximada… ¡y hasta lo que ha comido esa misma mañana! Yo, desde luego, no pertenezco a este grupo de prodigios de conservatorio.

2. Espejo anal 

El espejo anal del corzo es muy visible en esta foto. ©Shutterstock

Para que todos nos entendamos desde el principio, hablamos, ni más ni menos… de su culo. En invierno es de un pelo blanco inmaculado que se va apagando conforme avanza el estío. Muchos cazadores le deben parte de su éxito a esta noble parte de la anatomía. Gracias a ese faro blanco es posible localizarlos en laderones de monte donde habrían pasado totalmente desapercibidos si no fuera por una retaguardia tan llamativa. Así que ya sabes: los corzos se cazan con y por el culo.

3. Babero

El babero se encuentra en la parte frontal del cuello del corzo. © Shutterstock

Así es como se conoce comúnmente a la mancha blanca que presentan algunos ejemplares en la parte frontal del cuello. Suele ser mucho más marcado en las hembras, y destaca aun más con la capa ceniza del invierno. Algunos ejemplares cuentan con esta mancha mientras en otros es casi inapreciable y, en casos no tan frecuentes, aparece por partida doble.

4. Corzo asesino

Ejemplar de corzo asesino. © Archivo

Son animales que presentan un trofeo carente de puntas, tan sólo dos varas a modo de afiladas dagas coronan su cabeza y que, sabedores de su característico poder, pasean apuñalando a diestro y siniestro a los machos que osan rivalizar con ellos: al carecer de puntas es relativamente sencillo que acaben pinchando algún órgano vital de sus oponentes, acabando con su vida. Si localizas uno de estos en tu coto, no lo dudes. Mételo en la cruz y utiliza un precinto para congratularte con el resto de duendes de la zona. Si pudieran hablar, sin duda te lo agradecerían.

5. Peluca

Trofeo de corzo peluca. © Archivo

Es es uno de los trofeos con los que sueña cualquier coleccionista, y no es otra cosa que un macho con su cuerna cubierta de pelo y verrugas. Esa es la explicación coloquial, de barra de bar, pero como aquí escribimos para mentes capaces, vamos con la respuesta científica: es una malformación que responde a la falta de testosterona en el organismo, y su origen está en los testículos. Esta carencia hace que la cuerna se mineralice y su crecimiento se desboque, deparando trofeos de lo más extraños y llamativos.

6. Tejado

Tejado de un corzo viejo. © Carlos Vignau

 Esta expresión se refiere a la forma de las rosetas de un macho entrado en años. Cuando es joven las rosetas se encuentran en la parte más alta del cráneo y dibujan en la mayoría de casos una línea horizontal entre ellas. Sin embargo, cuando va soplando velas empiezan a caer, aproximándose a los ojos y dibujando un arco o tejado entre ellas a medida que pasan las primaveras. Si te encuentras con uno de estos ejemplares con las rosetas en tejado, no lo dudes. Estás antes un corzo veterano y su caza está plenamente justificada.

7. Volumen

El volumen del corzo es uno de los aspectos más difíciles de medir. © Shutterstock

Nada que ver con la intensidad del sonido de tu televisor: en argot corcero este término hace referencia a uno de los parámetros que entran en juego a la hora de la medición de su trofeo. Es el apartado que más cuesta valorar en el campo. Se mide en centímetros cúbicos y se obtiene por inmersión en agua de las cuernas hasta las rosetas, incluidas (el cráneo y los pivotes no se sumergen). Para determinar el peso y el volumen se puede utilizarse la balanza hidrostática que nos arrojará un resultado preciso y rápido. El primer paso es pesar el trofeo antes de sumérgelo en agua. La diferencia entre los dos pesos nos dará el resultado final.

8. Pincel

Corzo con el pincel peniano muy visible. © Shutterstock

Esta parte de su anatomía resulta particularmente útil los meses de invierno en que los machos pierden su cuerna. Con la cabeza libre de adornos, sólo tienes que echar un ojo a su entrepierna cuando se coloque de costado. Si un pronunciado mechón de pelo se descuelga apuntando al suelo, estás ante un macho. Esta es la mejor manera de distinguir su sexo después de desmogar.

9. Escodaduras

Corzo realizando escodaduras. © Shutterstock

Cada vez que pongas un pie en el campo es obligatorio que lo hagas con los ojos bien abiertos: sólo así serás capaz de descubrir estas señales que los machos dejan a su paso. Son los daños por fricción que producen en la vegetación al frotar sus cuernos para eliminar el correal de su trofeo o para marcar el territorio y avisar a sus rivales. Cuando el corzo escoda impregna el lugar con un olor característico que pone en alerta a los demás de la zona advirtiéndoles de que ese cuartel ya tiene dueño. Que en una zona encuentres muchas escodaduras no tiene por qué significar que allí habite un gran corzo maduro y dominante, pues estos no tienen la necesidad de marcar su territorio con tanta fiereza. Es una actitud más propia de ejemplares más jóvenes aún sin territorio.

10. Corros de brujas

Un corzo olfateando a una hembra en celo. © Shutterstock

Cuando aprieta el calor y arranca el celo los machos sólo tienen un objetivo en mente: perseguir y acosar a las hembras para montarlas. Esta expresión hace referencia a los movimientos y carreras circulares, muchas veces dibujando un ocho en el suelo, que realizan tras sus pretendientes instantes antes de cubrirlas. Desconozco cuál es el origen de la expresión, pero sin duda le otorgan una pizca extra de misticismo a la figura del venerado duende del bosque.

       
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