¿Por qué la caza de trofeos ayuda a conservar las especies?

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Cecil leon

Cuando aún estamos inmersos en la polémica suscitada por la muerte del león Cecil, la revista New Scientist acaba de rescatar de su hemeroteca un artículo bastante interesante en el que ya analizaba hace unos años qué es y qué supone el turismo cinegético para la conservación de las especies.

Redacción 

Se trata de un análisis riguroso, realizado con declaraciones de expertos en conservación y resultados de estudios científicos, desprovisto de cualquier connotación sentimental o pasional, de muy recomendable lectura. La conclusión de este frío análisis quedaba muy clara en el editorial que acompañaba aquel número, titulado “Caza y deja vivir“, en el que la prestigiosa revista científica aseguraba: “Es evidente que la caza de trofeos puede ayudar a la conservación de las especies y sus hábitats, así que para las personas que se preocupan por el destino de la vida silvestre, la verdadera pregunta no es si se debe permitir cazar o no, si no cómo se debe manejar esta actividad”.

Dado el interés suscitado por este tema, a continuación reproducimos la traducción del artículo ‘Bag a trophy, save a species’ publicado New Scientist y que puedes leer en su versión original pinchando aquí.

Caza un trofeo, salva una especie

Imagina que la conservación es una herramienta que se divide en tres. Se necesita la fauna salvaje, se necesita población local que se implique en la conservación…y se necesita gente que localice animales enfermos o defectuosos y los cace.

“Cuando una de estas partes falla, todo se deshace”, afirma Joe Hosmer, vicepresidente del Safari Club Internacional, un organismo defensor de la caza con sede en Tucson, Arizona. Sí, la mejor manera de salvar a los animales salvajes es, según dicen los defensores de la caza, cazándolos – o, siendo más precisos, obteniendo sumas astronómicas de dinero de los cazadores ricos por el privilegio de disparar sobre algunos ejemplares trofeo–.

Más sorprendente aún, muchos biólogos conservacionistas ven la caza desde un prisma similar. Éstos afirman que la caza puede ser un motivo de peso porque aporta un motivo económico para el mantenimiento de los hábitats salvajes. “Sin la caza muchas de estas areas se convertirían en pasto para el ganado, y se produciría una pérdida acelerada de la biodiversidad”, sostiene Peter Lindsey, biólogo conservacionista de la Universidad de Zimbabwe en Harare y autor de un ensayo sobre La Caza de Trofeos en África (Biological Conservation, vol 134, p 455). Cuando funciona, los trabajos y el dinero generado por la caza también incentivan a los residentes locales para la erradicación de la caza furtiva y mantener a los animales vivos y en pie, en vez de echarlos a la cacerola.

Algunos países de fuera de África, un ejemplo es Pakistán, han sabido compaginar a la perfección la caza y la conservación. Sin embargo, en muchas partes del mundo, la caza ha perdido su potencial para la conservación. Incluso los cupos de caza aparentemente sostenibles pueden acarrear peligros sutiles para las especies objeto de la caza, y algunos sostienen que los supuestos beneficios están sobrevalorados.

“En general, la caza tiene lugar en espacios apartados no aptos para la agricultura”, asegura Will Travers de la fundación Born Free, un organismo conservacionista con sede en el Reino Unido. “Las mejores tierras de cultivo son usadas ya para la agricultura”. La caza es una industria creciente en el sur y el este africano, con cazadores dispuestos a pagar miles y miles de dólares por un safari en el que tendrán la oportunidad de cazar un elefante o un búfalo del Cabo. En Asia algunos cazadores también pagarán hasta 30.000 dólares para cazar un argali; y algunos codiciados trofeos como pueden ser un carnero en Alberta (Canadá), han atraído hasta un millón de dólares en honorarios.

“El tema a destacar es la enorme cantidad de dinero que la gente está dispuesta a gastar. Esto puede ser un incentivo más para la conservación”, dice Marco Festa-Bianchet, un biólogo de la fauna salvaje de la Universidad de Sherbrooke de Quebec (Canadá).

El turismo fotográfico –la otra principal vía para obtener beneficios de la fauna- puede también generar una gran suma de dinero. Kenia, que no permite la caza, estima que en 2006 el turismo generó 840 millones de dólares, asegura Travers. Sin embargo, los cazadores a menudo prefieren viajar a regiones menos visitadas o políticamente inestables, proporcionando una fuente irremplazable de ingresos. Aún cuando el objetivo es generar ingresos del turismo, la caza puede ayudar fácilmente – y financiar- la transición de devastados pastos para ganado hacia un próspero ecosistema natural, afirma Lindsey.

La mayoría de los biólogos conservacionistas piensan que los cazadores no dispararán sobre tantos animales como para propiciar la extinción de sus presas. Los cazadores capturan casi exclusivamente machos, así que –en teoría, al menos- la tasa de natalidad no debería verse afectada mientras haya suficientes machos que fecunden todas las hembras. Para cobrar de sus clientes, los orgánicos necesitan proveerse de buenas oportunidades para capturar un animal con un trofeo de calidad. Un orgánico avaricioso que captura demasiados animales tendrá pronto tiempos difíciles en los que no podrá guiar clientes en un área arrasada, comenta Lindsey.

Pero esa suave autorregulación solo se aplica donde los orgánicos están ligados a un área particular, como lo están en muchas zonas de África. Donde esta atadura no existe, como en la mayor parte de Asia, los orgánicos pueden trasladarse de una zona mermada a otra con mejores recursos, así que tienen un incentivo demasiado pequeño para contribuir a la conservación. “Inevitablemente, esto funciona como negocio. Llegados a este punto los beneficios de un hombre de negocios no necesariamente coinciden con los beneficios de la conservación. La realidad es que si tu puedes ganar más dinero eliminando el recurso rápidamente, eso es lo que harás”, dice Festa-Bianchet. Travers está de acuerdo en ello. “Las licencias de caza son ofertadas en pequeños periodos de tiempo de 3 o 4 años, asi que puede verse como la oportunidad de sacar el máximo partido económico en un espacio temporal reducido”.

Tampoco los cazadores tomarán la iniciativa en estos casos. “Nosotros apoyamos cualquier forma legal de caza”, asegura Hosmer. “Si nuestro gobierno y los gobiernos extranjeros nos autorizan legalmente para cazar una especie, entonces nosotros lo secundaremos”.

A menudo, también, muy pocos dólares de los generados por la caza acaban en manos de los conservacionistas. “Se supone que consigues suficiente dinero para la conservación, pero resulta que no llega”, asegura Rich Harris, biólogo afiliado a la Universidad de Montana en Missoula que ha trabajado como consultor para algunos programas chinos de caza.

Aún donde la caza es manejada con delicadeza, y cuando da realmente ingresos que van a parar a proyectos de conservación, puede causar leves daños genéticos a las poblaciones salvajes. Las grandes cornamentas, cuernos o colmillos que hacen a los animales tan atractivos para los cazadores envuelven señales para las hembras a la hora de escoger a su compañero con los mejores genes. Los cazadores eliminan esos genes cada vez que apresan un animal. La presión cinegética sobre los carneros en Alberta (Canadá) ha llevado a los carneros a tener los cuernos más pequeños y menor calidad genética, como manifestaron Festa-Bianchet y sus compañeros tres años atrás (Nature, vol 426, p 655). Presiones similares han desembocado en un creciente número de elefantes sin colmillos en Africa y Asia.

Hay otros efectos fácilmente pasados por alto que tienen un potencial impacto. Eliminando los machos dominantes, por ejemplo, los cazadores pueden aumentar la tasa de rotación en las jerarquías sociales. Esto puede ser un gran problema en especies como los leones, donde los machos que pasan a ser dominantes ejecutan a las crias de los anteriores machos. Cada vez que se caza el jefe de la manada todas las nuevas camadas se pierden también, comenta Andrew Loveridge, biólogo de la fauna salvaje por la Universidad de Oxford.

Los leones también ilustran lo que Loveridge llama “el efecto vacío”, en el cual cazar sólo fuera de las áreas protegidas puede sacar a los animales fuera del parque. Las altas presiones cinegéticas en áreas de safari justo a las afueras del Parque Nacional Hwange en Zimbabwe, por ejemplo, llevaron a la pérdida del 72% de leones machos etiquetados por los cazadores en un periodo de 5 años, Loveridge se basó en un estudio publicado este mes (Biological Conservation, vol 134, p 548). La mayoría de estos machos fueron reemplazados por leones del parque, disminuyendo el número dentro de este.

En ocasiones este efecto vacío funciona a la inversa, en beneficio de la biodiversidad. En Alberta, por ejemplo, algunos carneros se refugiaron en los Parques Nacionales de Banff y Jasper durante la temporada de caza y después se alejaron de ellos para reproducirse. Esto hizo que la población recobrara buenos genes fuera del parque y ayudó a revertir la erosión genética causada por la caza, afirma Festa-Bianchet.

Los biólogos tienen poca idea de cómo de serios serán estos impactos genéticos y poblacionales derivados de la caza. “No hemos pensado demasiado en ello. Quizá tenga una gran importancia, o quizá sea algo por lo que no haya que preocuparse”, afirma Festa-Bianchet. De todos modos, los gerentes de la fauna salvaje quizá se muevan con más cautela a la luz del riesgo. En Zimbabwe, por ejemplo, los cupos para la caza de leones han sido rebajados en un 50% en los últimos dos años para prevenir la sobre explotación cinegética.

Aún así, el flujo de dinero puede que no se vea afectado. “El precio de caza del león se ha disparado hasta cotas muy elevadas”, asegura Lindsey, “lo cual es excelente para los conservacionistas porque queremos ver el mínimo de animales eliminados por el más alto precio”.

Por mucho que algunos puedan palidecer ante la idea, la combinación de mantener unos ingresos estables y un mínimo impacto en la fauna, pueden hacer que la caza bien gestionada sea una de las mejores herramientas en la caja de herramientas de los conservacionistas.


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