Póquer de ases

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Ricardo, Pepito, Eusebio y Quilo

[dropcap]E[/dropcap]n esta ocasión nuestras sendas del recuerdo nos conducen a cuatro amigos cazadores tan inseparables y compenetrados como el mar y la montaña que se funden en Cantabria, donde es posible ver cochinos ‘mariscando’ en la playa.

Texto y fotos: Ignacio Contreras García

Ricardo, Pepito, Eusebio y Quilo[dropcap]D[/dropcap]e Cantabria me engancha su montaña, su costa, sus quesos y su gente. Val de San Vicente es el término municipal más occidental de la costa Cántabra. Lo más atractivo de esta localidad es la estrecha relación entre mar y montaña que se respira en cada rincón de la comarca. En apenas diez kilómetros hacia el interior el paisaje se vuelve boscoso, enmarañado, escarpado y salvaje. El río Nansa desemboca impetuoso en la Tina Menor y en sus pozos reos y salmones se dejan ver en estas fechas confiados de la veda que les protege. No es de extrañar que casi cualquier paisano de por aquí o cace o pesque o marisquee en la ría. Corzos y jabalíes son los reyes de estos montes húmedos y lluviosos donde el quejumbroso latir de los perros a cuerda marca cada jornada de caza, pero también lo son las sordas y los zorros… y algún venado que baja de las cumbres hacia climas más benignos en invierno. Val de San Vicente es, en definitiva, un lugar donde cazar, donde pescar y donde conocer gente amable con la que hablar de estas actividades tan ligadas a la tierra como ancladas al mar.

[dropcap]N[/dropcap]o es habitual en esta sección entrevistar a más de un personaje. De hecho sólo recuerdo un precedente con dos cazadores de Aranda de Duero. Esta vez, y no sin cierto temor, me convencieron para hablar con otros dos que eran inseparables, pero que al llegar al bar donde quedamos se convirtieron en cuatro… Cuatro es un número redondo: es una partida de mus –o de flor, que es a lo que juegan aquí–. Cuatro es ya una cuadrilla con la que afrontar una jornada sin demasiadas pretensiones pero con la seguridad de cazar en familia, conociendo cada virtud del compañero, cada carencia, cada gesto y cada ladrido de sus perros. Quilo, Ricardo, Eusebio y Pepito son del mismo valle y a pesar de tener cada uno sus preferencias coinciden en una cosa: la caza es cada vez más artificial, más ambiciosa y menos auténtica.

–Bueno caballeros, son ustedes cazadores veteranos y creo que no están muy contentos con cómo está evolucionando la caza. ¿Tanto ha cambiado?

–Ricardo: Antes sobre todo se cazaba la liebre, era muy abundante y tenía muy buenos perros. Jabalíes había pocos, pero si había uno ése no escapaba, y te voy a decir porqué: todos sabíamos dónde colocarnos y dónde cortar al bicho sin necesidad de emisoras ni de teléfonos… ni de coches siquiera.

Eusebio–Eusebio: Las liebres nos hacían pasar hambre porque se zampaban tantas alubias que nos dejaban las justas para comer. Luego ya empezaron a venir señores de Santander, con sus perros y sus escopetas, y empezamos a cazarlas como Dios manda. Igual que las sordas, ¡menudos sacos de ellas se llevaban para la ciudad!

–Creo que aún hay años buenos de becada. ¿De qué depende que las haya en abundancia?

–Eusebio: Del tiempo, sin duda. Ten en cuenta que la temperatura que hace en Burgos o Palencia hoy en día es la misma que la que hacía aquí hace 30 ó 40 años, así que la sorda se queda más al sur. Este invierno, que ha sido muy frío, no se ha dado mal la temporada… pero nunca será como antes. Recuerdo un día en la Hería de Vielma en el que llegué al primer avellano, salió una y la abatí. Anduve 100 metros y se me acabaron los 30 cartuchos que llevaba: salían siete u ocho a cada paso.

–Vaya percha haría, ¿no?

–Eusebio: ¡Qué va! Si solo maté a la primera… Yo la apuntaba muy bien, pero cuando llegaba el tiro ella ya no estaba allí (todos ríen). Otro año, de 200 tiros no conseguí abatir una, así que un buen día me harté, cogí todos los cartuchos que tenía y me fui a tirar a los mirueyos (mirlos), que también tienen un vuelo muy jodido. Desde entonces empecé a tirar bien a las sordas: sólo consistía en adelantar el tiro una cuarta. Con una caja de 25 cartuchos he llegado a abatir 16 sordas. Este año el cupo está en tres, así que tras un par de horas suelo guardar la escopeta.

–Antes eso de los cupos no existía. Creo que ahora incluso os limitan los cochinos por batida.

Kilo–Quilo: ¡Y tanto! Este año sólo nos han dado tres por batida. Hay días en los que a las diez de la mañana ya tenemos que dejar de cazar, ¡y eso que está lleno de jabalíes! Ricardo me contó que el otro día hasta vio a una hembra con sus crías mariscando en la ría de San Vicente (Ricardo asiente). El día que cerraron la veda se les echaba por rebaños.

–Ricardo: Pues verás ahora con la ley nueva que quieren sacar para que puedan llevar armas todos los perreros que se metan con los perros en el monte, y eso que tan mal me parece no autorizar una sola arma, que es lo que se está haciendo ahora, como autorizarlas todas. Me parece una temeridad, espero que no ocurra nada, pero tiene mala pinta.

–Eusebio, creo que por esta cuadrilla han pasado buenos perros. Cuénteme esa anécdota del río.

–Eusebio: Estaba en Helgueras y el Palomo perdió el rastro del jabalí. No sé cómo lo hizo pero consiguió pasar al otro lado del Nansa. El caso es que empezó a llover y se formó una riada del carajo. Total, que yo en una orilla y el perro en otra fuimos andando hacia la pasarela de una mina en la que había una cabina colgada de un cable para cruzar el río. Le dije: «¡Sube Palomo!». Al principio no se atrevió, pero luego pareció entenderme y se subió. Y así, con la manivela, conseguí traerme la cabina hasta mi orilla. ¡Qué listo era ese perro! ¡Y cómo cortaba los rastros!

–Pepito, dice usted que lo que más daño está haciendo a la caza por aquí son los teléfonos móviles. Explíquemelo.

Pepito–Pepito: El móvil y las pistas forestales: si los utilizan ciertos desaprensivos…. se acabó la caza. Aquí en el norte usamos mucho las emisoras. Así sabemos cuándo están cerca los perros, los jabalíes… El jefe de cuadrilla nos va informando y todos sabemos lo que está pasando. Pero con los teléfonos móviles hay otra historia, algunos se llaman entre ellos y se comentan por dónde ha salido tal o cual jabalí. Entonces, muchas veces, abandonan el puesto, cogen el coche y se van a cortarle el paso donde quiera que sea… a veces con el rifle asomando por la ventanilla. Creo que en este tipo de caza tiene que haber unas leyes y todos tenemos que cumplirlas. Y lo de permanecer en el puesto durante toda la batida para mí es sagrado. Es terrible, la caza no la entiende nadie… hay unas envidias que ciegan a la gente. Sólo espero que no acabe en tragedia.

–Creo que últimamente están muriendo muchos perros envenenados. ¿Por qué está pasando esto?

Ricardo–Ricardo: A mí me han envenenado uno hace varios días… y otro que me lo salvó el veterinario de milagro, porque analizaron la carne picada que devolvió y tenía cuatro clases distintas de raticidas y topicidas. Hay algunos cazadores que se han quedado sin perros y no sé muy bien por qué los envenenan. Algunos en los pueblos no soportan que los animales ladren de noche, aunque los míos están bien enseñados y ni bostezan, pero yo creo más bien que es un tema de envidias: aquí los perros son mucho más importantes que la caza y muchas amistades se han roto por culpa de discusiones sobre estos animales.

–Cuentan ustedes que el corzo ha sido y es muy abundante en esta comarca. ¿Ha cambiado mucho su caza?

–Pepito: El corzo era muy abundante, algunos años nos dieron hasta 20, pero curiosamente había una ley que prohibía el uso de perros, así que los ojeábamos a gritos y golpes con latas y tablas. Luego vinieron los recechos y las batidas y este año incluso nos han autorizado matar algunas hembras, porque hay mucha densidad. El caso es que ha habido bastante polémica con esto de las hembras, porque alguno ha matado a un corzo con los cuernos saliendo apenas un par de centímetros pensando que eran hembras y le han obligado a pagar una multa por ello. Creo que es injusto: tirar un corzo en batida es cosa de unos segundos y en ese momento es difícil ver los cuernos que apenas despuntan.

–Me llama mucho la atención que se hagan batidas en la misma costa. ¿Acaso llegan los jabalíes tan cerca del mar?

–Quilo: Sí, sí que se acercan. En los montes de Pechón tenemos puestos casi en la playa, y eso que es un monte que está rodeado por las rías Tina Mayor y Tina Menor. Como ya no pueden avanzar más se concentran en ese monte y tienen las huertas destrozadas.

–Eusebio: Pues gran parte de culpa la tiene el lobo. Ten en cuenta que en Asturias, sobre todo en la Sierra de Cuera, hay muchos y van apretando y desplazando a los cochinos al norte hasta que llegan a la costa. Con los corzos pasa lo mismo.

[dropcap]E[/dropcap]s curioso. Lobos ojeando para los cazadores, jabalíes comiendo cangrejos, perros cantores y becadas en bandos. La verdad es que de no haber sido por el lugar en que se enmarcan tan rocambolescas historias hasta me hubiera costado creerlas. Pero aquí no. Aquí todo es posible, esto es Cantabria y sus valles, su costa y su gente están envueltos en una mágica bruma que te hace pensar que es un lugar distinto. Un lugar donde aún quedan cazadores que piensan que la amistad es más importante que matar más cochinos o que tener el mejor perro. JyS


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