Pontevedra // Un día de caza sin escopetas

¿Lo compartes?

Para muchos cazadores una jornada en el monte es mucho más que la posibilidad de llevarse carne para casa. También es una excusa para dar una vuelta con los perros y para estar con los amigos. De hecho, no siempre es posible salir con escopeta.

29/01/2014 | Faro de Vigo

Eso es lo que les ocurrió el fin de semana a los miembros de la sociedad de Meaño, que iniciaron tres batidas consecutivas de jabalí. No mataron ninguno, pero pasaron igualmente un gran día.

Las cuadrillas de cazadores suelen tener un lugar fijo de encuentro. Para los de O Corazón do Salnés (Meaño) es el bar Agís, en Simes. Allí se vieron este domingo a las 9 de la mañana para tomar un café y charlar un rato antes de salir de caza. Los jabalíes estaban haciendo bastante daño en las fincas, de ahí que la sociedad de caza pidiese permiso a la Xunta de Galicia para realizar tres batidas especiales consecutivas, la primera de las cuales fue el domingo pasado.

En el bar se juntaron una veintena de cazadores, que traían con ellos unos 15 perros de rastreo. Muchos eran de Meaño, pero otros habían llegado para echar una mano desde Xeve, Verducido, Cotobade, Poio o Sanxenxo. En el bar, algunos aprovecharon para comer un bocadillo o acompañaron el café con repostería, pues les esperaba una jornada dura en el monte.

“Nosotros no paramos para comer -explica el jefe de la cuadrilla y presidente de O Corazón do Salnés, Rafael Otero-. Las batidas se hacen seguidas porque lo más dificultoso es emplazar (localizar) el jabalí. A veces llegas a la una de la tarde con tres emplaces, y si en ese momento paras a comer puedes perder todo el trabajo anterior. Así que la comida queda siempre para el final. Hay días que comemos a las dos de la tarde y otros a las cinco o las seis”.

La cuadrilla salió el domingo muy pendiente del cielo. No paraba de llover, aunque lo que más les preocupaba era la niebla. Cuando llegaron a la zona del monte de San Cibrán sus peores augurios se cumplieron. “Había lugares donde no veías a 10 metros de distancia”, cuenta Rafael Otero. De modo que, por seguridad, ya ni se bajaron las escopetas. Aún así, decidieron continuar la jornada, aunque solo fuese por el placer de “ver trabajar” a los perros y de pasar un rato en el monte entre amigos.

Los cazadores se dividieron en grupos e iniciaron la búsqueda con la ayuda de los perros. Lo primero es encontrar el rastro del jabalí (daños en cultivos, huellas, tierras removidas?) para que posteriormente sean los perros los que sigan el rastro con su olfato. La tarea, como explica Rafael Otero, no siempre es sencilla. A menudo los rastros se pierden o se confunden, y hay veces que el cazador ni siquiera tiene la seguridad de que su perro no le esté engañando y llevándole tras los pasos de otro tipo de presa, como el zorro.

La paciencia y la minuciosidad son claves. Los cazadores se pasan la mañana caminando detrás de los perros, que llevan atados, a veces por lugares de difícil acceso en los que ni siquiera hay un camino trazado. Se comunican entre ellos a través de emisoras de radio y van acotando, poco a poco, el terreno donde creen que puede estar oculto el jabalí. El objetivo es encontrar “el rastro de encame”, el lugar donde el animal se oculta. Cuando lo encuentran, los cazadores dicen que ya tienen el “emplace”.

En ese momento, el jefe de cuadrilla coordina la disposición de todos los cazadores alrededor de la “mancha”, que es el terreno, más o menos amplio, donde se supone que está escondido el jabalí. Los tiradores se disponen formando un círculo, a una distancia que les permite verse los unos a los otros, se señalizan las pistas forestales próximas para avisar a cualquier persona que pase por allí de que se está haciendo una batida y, finalmente, se inicia el “levante”. Un cazador y un perro entran en la “mancha” e intentan aproximarse lo máximo posible a la madriguera del jabalí para que éste salga huyendo.

Cuando esto se produce llega el momento de disparar. Los cazadores solo tiran de espaldas a la “mancha” y cuando el animal ya les ha rebasado, para evitar herir accidentalmente a un compañero. Pero no siempre es fácil acertar. Rafael Otero cuenta que hace unos días se efectuaron seis detonaciones para matar una pieza. A veces, cuando el tirador no acierta tiene que vérselas con las puyas amistosas de sus compañeros. Hace unos días, en una batida en Meaño un hombre falló un disparo; y en la cuadrilla le “penalizaron” con dos botellas de whisky, que él tendría que llevar a la próxima cena de amigos.

No pudo ser

Pero la jornada del domingo estaba condicionada por el mal tiempo. Sin escopetas, se limitaron a seguir el rastro de los animales, pero ya no fueron más allá. De modo que poco antes de las tres de la tarde decidieron levantar el campamento e irse a comer. Para muchos, este es otro de los momentos más especiales de una jornada de caza.

“Estar en el monte y ver trabajar a los perros es bonito, pero también lo es estar en la comida con los amigos, contándonos anécdotas los unos a los otros”, explica Otero.

Los cazadores de Meaño también tienen en Simes su lugar de encuentro para poner el broche a la jornada: es el furancho “de Pastora”. El domingo les preparó unos entrantes de tortilla y una generosa olla con jabalí y patatas. No faltaron el vino tinto del país y, sobre todo, la charla. “La tasa de alcoholemia para un cazador que va a andar con armas es 0,0. En eso somos muy estrictos. Hay gente que toma unos vasos de vino, pero solo cuando la jornada de caza ha terminado”. El domingo la jornada de confraternidad terminó pasadas las siete de la tarde.


¿Lo compartes?

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *