¿Qué pasará con las codornices?

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Juan Antonio Sarasketa – 29/8/2016 –

Hay infinidad de comentarios en relación a la situación actual de la población codornicera. Posiblemente todos tienen su parte de razón. Pero hagamos un poco de historia y retrocedamos en busca del origen de las cosas. La causa inicial habría que buscarla en Sudan, patria nativa de la codorniz, en donde anida en invierno y de donde nos viene en la primavera. ¿Puede ser cierto que la codorniz proviene del Sudan…? Efectivamente, y tiene su fundamento; me explicaré, la codorniz anidaba y vivía sibaríticamente en los intrincados valles del Nilo superior, en los frondosísimos trigarrales que hicieron fabulosas las dinastías de los Faraones. El discurso del sagrado río, lánguido y silencioso, era arrullado por el incesante y muy monótono cántico de un enjambre de codornices, agradable a todos los oídos. Pero cuando los Estados Unidos, hace muchísimos años, acapararon el 80% de la producción de algodón, cundió por el mundo entero la alarma e Inglaterra, rica en toda clase de recursos e iniciativas, no quiso dejarse avasallar y pensó seriamente en defenderse. El Alto Egipto les brindaba ancho campo y de él echó mano formando una sociedad con abundancia de libras esterlinas para explotar aquella región. Procedió, sin perder tiempo, a los trabajos de irrigación y aquellos terrenos hasta entonces baldíos, y otros dedicados a cereales, fueron en poco tiempo acondicionados para la nueva producción. El riego que tenía que ser permanente, hace de su suelo inhospitalario, para que no puedan vivir otras aves que las acuáticas, y si el riego coincide con la puesta de las codornices, ni un nido se salvará, como sucede en pequeña escala en los alfalfares de Castilla, en los que observamos con pena los nidos abandonados al ser cubiertos de agua. En vista de este lanzamiento brusco de su domicilio nativo, no cabe otra esperanza para la familia codornicil que ascender río arriba, hasta los nuevos regadíos norteafricanos, donde se quedan codornices a millares, salvo aquellas pocas que nos llegan a la península empujadas por su instinto migrador y con suficientes agallas para cruzar el estrecho. Parece ser que las primeras codornices que arriban a la península son los machos, desplazándose constantemente de una zona a otra, en busca de la pareja, habida cuenta que la proporción de hembras que nos visitan es de una por cada cuatro machos. Una vez emparejadas aguantan en la zona, procediendo a la puesta. Solamente los machos sin emparejar siguen deambulando. El regreso a los cuarteles de invierno se inicia a mediados del mes de Agosto, prolongándose hasta finales de Septiembre, si bien un pequeño contingente de individuos se queda en zonas muy definidas de la península.


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