País Vasco // Tras las duras perdices de enero

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La caza de la perdiz roja española la elevó casi a la consideración de experiencia mística el añorado Miguel Delibes, excelente persona, al igual que escritor, y exquisito amante del campo y la naturaleza.

16/01/2014 | Deia

Son unos cuantos los cazadores que además de disfrutar de esta actividad también rellenan sus ratos de ocio ojeando los diferentes trabajos de caza del gran autor vallisoletano. En aquellas páginas, de validez eterna, se destilaba un enorme respeto por estos pájaros que para estas fechas ya van culminando la temporada cinegética y cuyo carácter les hace aún más esquivas si cabe, a sabiendas de que se juegan la vida en cada lance.

Que a la mínima sospecha pondrán muchos metros por delante o que desaparecen, a veces casi literalmente, del campo cuando se las busca. Dicen los veteranos de esta modalidad que o bien salen muy largas, la mayor parte de las veces rozando el alcance efectivo de la escopeta o fuera de él, o bien que brotan de entre los pies cuando ya no les queda otro remedio. De nuevo la tarea del perro será fundamental para dar con esas mínimas emanaciones que delaten a la perdiz en su entorno, sin adelantarse a su amo y muy atento al asomar en los cortaderos, donde no deberá precipitarse para alertar a estas aves. Luego, cansarlas será una tarea que se lleva en las piernas, para, finalmente, intentar ponerlas a tiro. Además, se trata de pájaros duros y grandes de talla, más apreciados si cabe que los de inicios de la campaña. En ciertos aspectos, esta caza también guarda algunas similitudes con la de la sorda, aunque se desarrolle en escenarios bien diferentes; la patirroja a campo abierto normalmente, y la becada en zonas boscosas. Pero la idea será la misma: tratar de adivinar dónde está cada una, con la ayuda del can, para posibilitar un nuevo levante y tratar de capturarla.

Pero entre ambas modalidades hay una diferencia fundamental: si la becada se trata de un pájaro migrador, que cría y pasa la mayor parte del año en el centro y norte de Europa, la perdiz es un ave sedentaria que puede moverse, por algún motivo concreto, pero no emigrará. Por tanto, los efectivos que se maten en este último mes tampoco quedarán para criar la próxima temporada. Esto lo saben bien los cazadores de perdiz y son muchos los acotados que para estas alturas del calendario han cerrado la temporada de esta especie.

EL DILEMA O algunas, como algún pueblo de La Rioja, que han abierto solo un día de caza y precisamente en este mes de enero, cuando se supone que las patirrojas están más fuertes y esquivas ante un invierno que aún no acaba de ser riguroso. Gran dilema para muchos aficionados: salir a cazar el único día posible permitido o, por el contrario, sujetar y reprimir esa afición porque saben que las capturadas no repoblarán el coto en unos pocos meses.

Todo esto hablando de un pájaro que pasa por un implacable retroceso de poblaciones a nivel estatal. La que fuera “reina” de la caza menor española ha cedido su protagonismo a las aves migratorias debido a causas que casi todos conocen pero, a día de hoy, nadie quiere afrontar con decisión y seriedad desde el ámbito administrativo, político ni institucional. Los hábitats modificados y rotos, la concentración parcelaria, la intoxicación de los campos con productos fitosanitarios o el exceso de predadores, son algunos de los factores de su alarmante disminución.

Los intentos de repoblaciones con tratamientos genéticos en estas aves no parecen cuajar, dividiendo al gremio de perdiceros entre los que defienden las perdices “puras”, si es que quedan, frente a quienes no les importa demasiado salir a cazar las naturalizadas, asilvestradas o repobladas. Una controversia no exenta de muchos matices, pero de la que debiera salir beneficiada la propia especie de la perdiz natural y salvaje. De ahí la importancia de cuidar a esta emblemática ave cinegética.


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