Mariano Aguayo«La evolución de la caza hace que ahora sea más ilusionante»

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Mariano Aguayo es el paradigma de la pasión por la caza. Para este artista del pincel y de las palabras, cazar no es una afición. «Es un sentimiento», afirma.

28/11/2014 | ABC | DAVID JURADO

Este veterano montero, nacido en 1932 en Córdoba pero criado en Palma del Río, sigue siendo uno de los rostros que proporcionan caché a las monterías en las que participa. «El sábado pasado abatí un venado, todavía mantengo firme el pulso», dice con una sonrisa entre la satisfacción y la jactancia. Y el día en el que nos atiende en su taller para concedernos esta entrevista se lamenta por no haber podido ir a otra batida en Hornachuelos. Y no solo por deferencia a este medio, sino porque era el día previo a la apertura al público de la muestra «60 años de Arte Contemporáneo en Córdoba», en la que Aguayo está presente por la calidad de su obra pictórica. Quería estar tranquilo en su estudio, donde pasa las horas esculpiendo el bronce, escribiendo y pintando bellos lances de caza con sus acuarelas.

—Una vida la suya llena de pasiones. Escritor, escultor, pintor y cazador. ¿Cuál ha sido la pasión que más le ha marcado?

—La de pintor. Aunque disfruto mucho escribiendo y con la práctica de la caza. Pero la pintura me ha acompañado desde pequeño. Cazar lo he hecho cuando he podido.

—¿De dónde le viene su afición por la caza?

—De mi padre. De pequeño le ayudaba con los perros y estuve siempre muy unido a él. He estado cazando toda la vida, desde niño me han llevado a todas partes. Antes era más normal llevar a los niños a las cacerías.

Y aquí, Aguayo revela una anécdota quizá solo conocida por sus más allegados. Era tan asiduo a las monterías y tan bueno con la escopeta que cuando mató su primer venado en Nublos (Hornachuelos), estando en un puesto de acompañante, nadie le hizo novio porque le daban por cazador experimentado. «Era un venado, entró limpio y me lo llevé. Me asomé y allí estaba abatido», recuerda. «Pero no me hicieron perrerías, me quité de enmedio y nadie se dio cuenta». A renglón seguido confiesa «que no me hicieron novio, pero me hubiera gustado».

—¿Qué es para usted la caza?

—La caza es un impulso, no sabría definir con precisión su esencia, es muy difícil, la verdad.

—¿Cuál es el futuro de la montería española?

—No lo sé. Lo que sí puedo decir es que cada vez es más ilusionante cazar. Y todo porque las batidas han ido evolucionando y las monterías están hoy en día tan bien organizadas que es una ilusión poder ir al campo, porque sabes que te van a entrar uno o dos animales. Antes, cuando yo tenía 25 ó 30 años, ver un venado en el campo era casi una cuestión de suerte. Y abatías lo primero que te entraba. Ahora sabes que cuando vas a montear vas a tener más facilidades y eso, para mí, es un gran logro. Ahora, un chico joven puede ir a su primera montería y abatir un gran trofeo, cuando los que somos más veteranos hemos tenido que recorrer un camino más largo para conseguirlo. Me hace mucha gracia cuando los jóvenes se quejan de que sólo han abatido dos venados, de los cuatro o cinco que les han entrado. Y encima los desprecian: «he matado un venucho», dicen. No entiendo que se quiera lograr sólo medallas de oro, abatir trofeos y no tener en cuenta ese impulso, esa sensación de cuando el animal viene directo hacia ti. Lo importante es disfrutar de la caza, y no cazar por cazar.

—¿De los más de veinte libros que ha escrito sobre la caza, bien en solitario o en colaboración, cuál es el que más le ha marcado?

—El primero: «Relatos de caza». Fue una edición de Cajasur, de la que se hizo una primera tirada de 3.000 ejemplares. Luego, en Madrid, la editorial Otero, hizo una segunda edición, ya con ilustraciones. Es un libro que para mí tiene un significado especial. Es una obra chiquita de formato, pero muy amena.

Mariano Aguayo es quizá el escritor cordobés que más ha escrito sobre caza, con títulos como «Vocabulario de Montería» (1988), «Montear en Córdoba» (1993), «La sierra, los lances, los perros» (1998), «La montería» (2000), «Los perros y yo» (2002), «La caza en el cante» (2004), «El gran libro de la rehala» (2009) o «Del Monte y la Montería» (2011), por citar algunos. También ha escrito novelas con la caza como trasfondo. Es el caso de «Furtivos del 36», un libro autobiográfico donde narra sus viviencias de niño marcadas por la Guerra Civil.

—¿Por qué el título de furtivos, siendo en la actualidad el furtivismo una lacra para esta afición»

—Por el romanticismo, por la lucha de esa gente que salía a escondidas al campo a por los animales, a por un sustento para comer y al margen de la ley. Este libro, pese al título, no es sobre caza, es sobre la supervivencia y la vivencia de una generación marcada por la guerra.

—¿Cómo ha vivido usted la polémica entre las rehalas y el Ministerio de Empleo y Seguridad Social?

—He estado al corriente pero no me interesa. A mí, lo que realmente me interesan son los animales, los perros, los podencos.

—¿Pero cree usted que el rehalero es un oficio antes que una afición?

—En mi opinión, el de perrero siempre ha sido un oficio. Antes, las rehalas eran otra cosa, había otro ambiente. Antaño, el rehalero era una actividad más romántica, más natural que ahora, no estaba tan movida por el interés. Nosotros íbamos a cazar y conocíamos a todos los rehaleros. Ahora parece que hay un conflicto entre cazadores y perrereros que no entiendo y que no me gusta.

—¿Galgos o podencos?

—Soy un enamorado del podenco. Es un animal al que miras a los ojos y ves toda la vida que tiene. En cuanto a los galgos, es un animal muy sufrido y maltratado. Es una pena. Cuando era chico iba mucho con galgos. Pero es que este perro es un poco torpe, no es tan listo como el podenco, que es fantástico. Sin que nadie se ofenda, el galgo no sirve nada más que para correr detrás de una liebre (risas). Pero es un animal de una gran belleza y nobleza. En cuanto a las personas que los ahorcan, hay que actuar contra ellos, esto no puede tener nunca justificación.

—¿Cuál ha sido su mejor lance?

—Ha habido muchos, pero me quedo siempre con el correr de un cochino. Disfruto más abatiendo un jabalí que una res.

—¿El mejor sitio para montear?

—Córdoba puede presumir de tener una sierra privilegiada para la caza, con fincas y manchas fabulosas. Pero si tengo que elegir me quedo con la zona de Hornachuelos y Villaviciosa de Córdoba.

—¿Cree que el relevo generacional en el mundo de la montería está garantizado?

—Sí, por supuesto. Lo que pasa es que los jóvenes cada vez van a tener más dificultades. La caza es una afición costosa y no todos los jóvenes están en condiciones de poder practicarla. Pero hay gente que tiene mucha afición. En las monterías se ven muchas caras jóvenes.

—Acabemos esta entrevista con un buen sabor de boca. ¿Cuál es su plato favorito de caza?

—Todos. De la caza me gusta todo. El lomo de ciervo o la perdiz son exquisitos. Pero siempre animales de monte, nada de las perdices o las cordonices que sirven en muchos restaurantes y están criadas en granja. Eso es una porquería (risas).

Antes de la despedida, Aguayo nos adelanta una primicia: la publicación en cuestión de días de dos nuevos libros, uno sobre caza y otro sobre tauromaquia, ambos con ilustraciones de su puño y letra.


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