Libertad, erotismo y sensualidad en la caza

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José María Gallardo – 11/03/2015 –

Hace ya mucho, y no se mirando qué, me encontré con un libro que bien nos puede alejar de la realidad, hacer ver la caza desde otro punto de vista y “desaburrirnos” de los viciados artículos cinegéticos sin dejar de hablar de caza, que es lo nuestro.

“La caza de Carlos Saura: un estudio”, escrito por Guy H. Wood, es un libro que no queda indolente al más transgresor y de dudoso gusto, pero a través del cual  se examina la caza desde el trasfondo erótico-sexual.

En la caza hay un desafortunado machismo, que tradicionalmente afianza las virtudes del macho, la hombría, el autocontrol, la resistencia física, el dominio del medio ambiente a través de la penetración en él, tal y como se describe en el texto citado. Simbolismo trasnochado que no explicaría la atracción de la más absoluta feminidad a este mundo venatorio, como podemos ver en nuestros días.

Quizás sin desprenderme de esa pizca de erotismo, sensualidad y pasión que entraña la caza para ambos sexos y que comparto en su esencia, el concepto de libertad es el que más me atrae y con el que más nos podemos sentir identificados hombres y mujeres. Tal y como afirma Wood, en la caza deportiva, el hombre actual (lo entiendo como el ser humano) se sumerge en el mundo zoológico donde pretende campar a sus anchas, volviéndose libertino e incívico y permitiéndole hacer cosas que normalmente no haría.

Apelando a la erótica más macabra, Joseba Zulaika, en torno a la caza del jabalí en el País Vasco, realizaba la siguiente descripción:

“Es sobre todo la fiesta de tocar y palpar con las manos, así como de oler, la carne humeante. Este contacto manual con la bestia, según me han comentado y he podido comprobar, suele producir al cazador gran placer. Es la erótica de apropiarse y gozar con las manos el cuerpo caliente de la presa abatida. (1992: 148-49).”

Por finalizar y no aburrir al bloguero, por supuesto que la caza es exigente, dura, te pone a prueba y marca un escalón frente a los demás, pero así lo hace para hombres y mujeres, sin ser la venatoria “homoerótica” o “falocéntrica”. Claro que gozamos de manipular la presa y luego degustarla, símbolo del respeto que le procesamos y no de la erótica de la apropiación. Y claro que hombres y mujeres nos sentimos libres y alejados de la maltrecha moral urbanita.

¿Se le puede pedir más a la caza? Quizás por eso me siento cazador.


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