La reina de la espuma

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Juan Antonio Sarasketa – 16/03/2015 –

Algo tienen las lubinas que la gran mayoría de pescadores de mar las desean por muy difícil que sea trabarlas. Y evidentemente lo es, no en vano requiere conocimientos de la especie y un buen manejo de las artes para que entre al señuelo y poder sacarlas. Y es que las lubinas cazan a ciertas horas sin dejarse intimidar por nada mientras que en otros momentos, por apetitoso que sea, puede conmover su glotonería. La sardina es una de sus piezas favoritas, pero cuando la lubina no está en una racha en la que abundan arrancan contra toda clase de pescados pequeños. Gusta de moverse en aguas no muy profundas junto a las rocas, a no ser de que haya viento que bata las costas. Normalmente marchan en grupo y de tener la suerte de trabar alguna es prudente repetir en el mismo lugar. Son tan voraces que aunque consiga escaparse del anzuelo con la mandíbula rota, si tiene hambre volverá a buscar el cebo en poco tiempo. Una vez enganchadas tiran mucho por lo que es aconsejable levantar bien la caña para que su elasticidad ayuda en su tensión al nylon y éste, a su vez, vaya ahogando al pez sin romper por lado alguno. Una vez próxima al puerto o escollera conviene estar preparado para sacarlas con una especie de salabardo grande, bien con mango de madera o cuerda según los lugares. En las zonas arenosas como las playas bastará aprovechar la llegada de una nueva ola para ir acercándola poco a poco. Entre el oleaje que arrastra toda clase de residuos orgánicos gusta situarse a la lubina para alimentarse copiosamente. Hay que tener presente todas estas circunstancias a la hora de preparar el cebo adecuado y sobre todo valorar que aparte de atrayente sea duradero para aguantar todos los embates de las olas. El chipirón de carnes enjuntas es un cebo especial si se le presenta en el anzuelo en formas de tiras del grosor de un dedo, a modo de pequeño pez que serpentea con aire de tener vida. Bien sujeto en un anzuelo más  bien grande, como mínimo del 0, en forma de pico de loro para que no se pierda entre el cebo y enganche bien cuando la lubina acuda inquieta. La caña cuanto más larga mejor, con puntero medio sin llegar a ser muy gordo. Bien anillada y con hilo en la línea del 45 para terminar en un puntero del 35, todo ello en un carrete poderoso con buen freno y cumplida capacidad en la bobina. Una lubina del cantábrico, recién pescada, de 5 ó 6 kilos en la mesa de un pescador aparte de un lujo al alcance de muy pocos es el sueño dorado de esos pocos que desafiando en estas fechas un mar vigoroso aguantan estoicamente encima de la escollera, cara al viento, la picada sorpresiva de la reina de las rompientes.


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