Huelva // El corazón de Doñana, en riesgo por sobreprotección

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En el Palacio de Doñana hay un libro de visitas en el que sus huéspedes suelen dejar escritas unas palabras. Las del expresidente del Gobierno Felipe González son muy ilustrativas de lo especial del entorno: «Este lugar y sus circunstancias han sido lo único que eché de menos al salir del Gobierno. Nada salvo Doñana me produjo síndrome de abstinencia».

24/03/2014 | ABC | ALEJANDRO CARRA

Como el expresidente, son muchos los que piensan que esta zona es un paraíso. Y lo es. Pero no natural. Pocos ecosistemas deben tanto a la mano del hombre como Doñana, y pocos parecen necesitar tanto de su regreso para recuperar parte de un esplendor hoy amenazado por la sobreprotección. En ese dilema se encuentra la zona más restringida del Parque Nacional, la Reserva Biológia de Doñana que gestiona con celo desde hace casi 50 años el CSIC: dejar que la Naturaleza siga su curso o que el hombre marque una vez más su rumbo. Y es que Doñana no es sino el resultado de la intensa acción del ser humano sobre las marismas, arroyos, lagos y bosques de la cuenca del Guadalquivir a lo largo de siglos.

Desde que en 1267 Alfonso X El sabio se fijase en estos parajes para disfrutar de la caza, Doñana no ha parado de transformarse. La intensa deforestación que sufrieron los bosques de alcornoques, madroños, enebros y sabinas hizo que hasta las dunas cobrasen vida. Pero, a cambio, la plantación de pinos para frenar su avance configuró uno de los parajes más espectaculares de este atípico ecosistema mediterráneo fluvial modelado, sin embargo, por el Atlántico.

Sequía y enfermedades
Este invierno ha sido seco y las lagunas se resienten. Las zonas cercanas al agua mantienen un tapiz verde engañoso, puesto que en realidad ahora deberían estar sumergidas. Pero en la zona de la vera y el monte no hay paliativo posible. «Estos caminos tendrían que estar ahora embarrados, no polvorientos», dicen los conductores de los todoterreno que atraviesan las 10.000 hectáreas de la Reserva, la zona más restringida del Parque Nacional. A esa sequedad se une además otro problema. «El matorral se ha ido envejeciendo y volviéndose leñoso e impenetrable para el pasto, por lo que los conejos, que ya estaban muy mermados por la mixomatosis y la última cepa de hemorragia vírica, han desaparecido. Y los linces y las águilas imperiales se alimentan casi exclusivamente de ellos», explica Miguel Ferrer, exdirector de la Estación Biológica de Doñana y actual coordinador institucional del CSIC en Andalucía.

Sin comida, los linces se van de la hiperprotegida Reserva y cruzan las carreteras para llegar a los cotos de caza y cultivos que circundan el Parque, donde sí encuentran conejos; en la Reserva quedan 8 de estos felinos, frente a los cerca de 40 de Aljarafe. También para otro de los iconos más conocidos de este refugio blindado, «las pajareras», la sobreprotección pasa factura. Los nidos de cientos de cigüeñas, espátulas, garzas y grullas, a las que nadie molesta, saturan las ramas de los alcornoques centenarios. Pero estos ya no pueden más. A la catarata de heces de las aves se ha unido ahora un hongo que ataca sus raíces, se le conoce como «la seca», y ya se ha cobrado varios árboles irreemplazables. Pero «a ver quién se atreve a tocar una de las fotografías emblemáticas de Doñana y quitar a los pájaros. Lo triste es que cuando los alcornoques mueran, se irán; nos quedaremos sin aves y sin árboles», dice uno de los técnicos de la Estación. De nuevo, la presencia del hombre modela Doñana.

El reto del agua
Los ecologistas no se oponen a que en «zonas concretas haya una intervención mínima». Pero para Iñaki Olano, coordinador de conservación de la naturaleza de Ecologistas en Acción de Andalucía, «el mayor peligro para la Reserva Biológica viene de fuera. El conejo debe regresar -y regresará- al corazón de Doñana, pero el lince debe también salir hacia otros lugares por corredores seguros, sin morir en las carreteras. Hay que quitar presión al interior del Parque esponjándolo con espacios por los que puedan circular los animales. Las enfermedades y las sequías vienen y se van; la permanente amenaza para Doñana es el agua; su extracción masiva o la contaminación que llega desde la mina de Aznalcóllar, que se quiere reabrir ahora».

El peligro de las extracciones lo confirman tanto Juan Pedro Castellano, director del Espacio Natural de Doñana como Juan José Negro, director de la Estación Biológica. «El agua ha sido siempre el gran reto de Doñana. Cuando no ha sido por los pozos ilegales es por el proyecto de dragado del Guadalquivir. Es una lástima que pese a haber conseguido por primera vez la paz social con todas las poblaciones de la zona, que ya no ven el Parque como un enemigo, sigamos con ese tema sin resolver».

Ahí está la denuncia del Fondo Mundial para la Naturaleza (WWF, por sus siglas en inglés) de que pese a los 200 expedientes sancionadores de la Confederación Hidrográfica del Guadalquivir, no se han clausurado pozos. Quizá por eso, los últimos diez años han sido buenos en precipitaciones pero no se han recuperado los acuíferos, vitales para los periodos secos. Y por si las sombras fuesen pocas, en el entorno del Parque están previstos cinco nuevos sondeos de gas y un gasoducto. Un proyecto que intenta llevar a cabo Gas Natural, la misma empresa de la que es consejero quien en agosto de 2008 escribió de su puño y letra cuánto añoraba «este lugar y sus circunstancias». Que no son fáciles.


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