Fiel compañero

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José María Gallardo – 29/10/2014 –

Muchas veces los cazadores solemos recurrir a nuestros venadores primitivos para justificar esta práctica en la actualidad ya que la primera actividad de nuestros antepasados fue la caza para subsistir y defenderse de los animales salvajes. Pero curiosamente rara vez le damos al perro el protagonismo que se merece como colaborador del hombre en sus cacerías. Es en el neolítico cuando el cazador nómada empieza a dejar de serlo y el perro, medio lobo, amigo por esas fechas ladra a la luna junto al cercado donde están los animales que empieza a domesticar. Tampoco el hombre primitivo fue aficionado a reflejar en sus pinturas la figura del perro y mucho menos la de sí mismo. En cambio pintaba con maestría los animales que cazaba porque al parecer tenían una aplicación directa a la caza y porque en las cuevas – en ese periodo vivían en chozas – practicaban rituales mágicos donde el hechicero o brujo – reflejado en la cueva de Ariegts, Francia – realizaba los hechizos y encantamientos. De hecho pueblos actuales en vida primitiva como los Massai africanos, los hechiceros danzan “la muerte del león” para defender sus rebaños. Igualmente existe en los indígenas americanos una institución social de tanto valor como el hechicero llamado “totemismo”. El tótem fue sin duda para ellos la manifestación de aquel ser supremo de cuya existencia quedaban vagos recuerdos como la apariencia de un animal cualquiera que les protegía. Tal vez porque un día la presencia del animal en cuestión reflejado en el tótem ahuyentó a otros que acosaban al indígena. Así la caza dio al hombre primitivo hasta sus primera ideas representación divina en figuras totémicas. Pero volvamos al perro ya domesticado y compañero del hombre en sus cacerías. Es mucho el agradecimiento que le debemos a este milenario compañero. Si fuésemos más justos deberíamos elevar un monumento en prueba de gratitud a ese animal, que apoyó al hombre en la caza, ayudó a cuidar sus rebaños, protegió sus bienes y muchos de ellos fielmente se convirtieron en animales de compañía. Cuantos, con mirada casi humana, agradecen el mero hecho de llevarles de caza por muchas broncas que a veces se le depare injustamente. Pero cambiemos de tercio para informarles de que muchos cazadores, los más comprometidos, se manifiestan hoy en Sevilla. Otros, los palomeros, a la espera de que las torcaces cumbreen los pirineos. Y los recechistas tras los venados en plena berrea.


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