Diario de un safari, parte 2

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Septiembre 7

Sonó el despertador. A las 07:30 horas partíamos hacia otra concesión, a unos 80 kilómetros de nuestro campamento en busca del bleshbuck, el único animal que nos quedaba del paquete. Una vez allí conocimos a Mike, que haría de guía esta jornada que comenzó a las 08:40 horas. Muy pronto vimos caza: ñúes, red hartebeests… ¡y bleshbucks! Dejamos el coche y comenzamos a recechar. Era una manada muy grande, lo que sumado a lo llano del terreno, a la escasa vegetación y a lo cambiante del viento en esa época del año hacían del rececho una muy difícil misión. Unas veces porque nos veían, otras porque les dábamos el aire… así transcurrió el día sin lograr siquiera situranos a una distancia de tiro razonable. Intenté el disparo en un par de ocasiones, pero a una distancia muy larga, por encima de los 250 metros y por mi corta experiencia quedaron bajos. Los fallé. Volvimos al campamento sobre las 18:30 horas, hambrientos, sedientos y desesperados por haber estado todo el día andando, recechando, pasando calor, pinchándonos –era una finca llena de acacias–… y regresando con las manos vacías.

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Partí, en compañía de Kobus Jr., hacia otra concesión situada a 25 kilómetros de nuestro campamento. Una hora después acechábamos un grupo de bleshbucks que habíamos visto desde el coche cuando entrábamos a la finca. Estaban acompañados de algún orix y varios ñúes, lo que hacía más difícil nuestra entrada. Intentamos dar un rodeo para que el aire no jugara a su favor. Nos colocamos a unos 300 metros en una zona de pasto bastante alto pero con poca vegetación, por lo que sólo podíamos acercarnos, otra vez, a rastras, camuflándonos de vez en cuando entre las hierbas más altas para descansar. Así recorrimos unos 100 metros hasta que nos ocultamos en una especie de matojo seco lo suficientemente grande como para ocultarnos de la vista de los bleshbucks que, inquietos, sabiendo que algo pasaba, no dejaban de mirar en nuestra dirección. Sentado entre las ramas, con el rifle apoyado en un tronco, intentaba buscar un buen ángulo de tiro, pero tantas ramas me lo impedían. Kobus Jr. intentaba descifrar a qué animal debía tirar cuando algo les asustó y salieron corriendo. Otro esfuerzo en balde.

Venciendo al desánimo

Carrileamos un buen rato hasta que dimos con otro grupo, pero dos orix que los acompañaban les alertaron. La siguiente manada que localizamos se encontraba al borde de un camino. Estaban cerca. Kobus Jr. instaló el trípode detrás de un arbusto lo suficientemente grande como para taparnos. El macho grande siempre estaba tapado por otro ejemplar. Después de casi dos días de trabajo los teníamos cerca, a unos 70 ó 80 metros… ¡y no le podía tirar! La tensión iba en aumento hasta que se metieron en lo espeso del bush y los perdimos. No me podía estar pasando esto… ¡Mi primer safari y no iba a poder con un bleshbuck! Mis ánimos empezaban a flaquear y a cada paso me resentía de la fractura que sufrí unos meses antes en el dedo pequeño de mi pie izquierdo.

Nos adentramos por donde habían huido. Al poco tiempo los vimos andando en nuestra misma dirección a unos 90 ó 100 metros por delante. Se pararon en un par de ocasiones mirando hacia atrás, como si temieran algo. Esperábamos nuestra ocasión… que al final llegó subiendo una leve pendiente. Cuando los bleshbucks traspasaron la cima y no podían vernos corrimos para sorprenderles. Kobus Jr. iba delante y fue él quien les vio primero, en fila india por un claro a unos 100 metros. Plantó el trípode y apoyé el rifle esperando a que me indicara a cuál debía tirar. Había llegado el momento de la verdad: no podía fallarlo, por mí y por Kobus Jr.. Tenía la cruz dentro de mi objetivo cuando se detuvieron… pero antes de tirar lo tapó una hembra. ¡No podía ser! De pronto, ésta dio dos pasos a su derecha dejando al descubierto mi trofeo. Busqué su pecho. Mis sentidos y mi mente estaban cazando. A eso había venido a África. Contuve la respiración y disfruté de la caza como nunca antes de apoyar el dedo índice sobre el gatillo. Vi cómo se desplomaba. Gritos, saltos, ¡ahora sí! No podía reprimir las lágrimas mientras corría hasta mi bleshbuck. Después volvimos al campamento. Por la tarde probamos con los facos, pero sin suerte.

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Ya había completado el paquete de antílopes contratado y le comenté a Kobus Jr. la posibilidad de intentar, en los dos días de cacería que aún me quedaban, abatir otro facochero y, por qué no, intentar dar caza a aquel precioso animal que me había robado el sueño durante todo el safari desde que nos sorprendió el primer día: el antílope africano por excelencia, el príncipe de la sabana, el gran kudu.

Septiembre 8

No le di opción al despertador. Me levanté antes de que sonara y poco más tarde de las 06.00 ya caminaba con el rifle al hombro. No llevábamos más de una hora andado entre la blanquecina bruma que cubría la sabana cuando una especie de bramido me robó el calor del cuerpo en aquella fría mañana. Se trataba de aquel gran macho de kudu al que daba caza en mis sueños. Estaba cerca: pudimos escuchar el ruido que hizo al alejarse. Decidimos seguirle la pista, pero no volvimos a verlo. A las 14.00 horas volvimos al campamento para descansar. Apenas me había quitado las botas para aliviar mis maltrechos pies cuando Kobus Jr. llegó corriendo: ¡había visto al kudu desde el balcón… a un kilómetro de distancia del lodge! ¡Después de casi ocho horas de rececho… y estaba tan cerca! Corrí hacia la habitación, me calcé de nuevo mis botas y cogí el rifle.

P9030055Nos dirigimos a su encuentro dando un pequeño rodeo para evitar darle el aire e intentando no hacer el más mínimo ruido –algo muy complicado debido a la gran cantidad de hojas secas que alfombraban el suelo–, pero nos volvió a ganar la partida. Se había escondido en una zona de vegetación muy espesa, y no fuimos capaces de verlo hasta que lo tuvimos muy cerca, casi encima, pero salió corriendo y nos tuvimos que consolar con admirar su espléndida cuerna desaparecer entre las matas. A última hora del día hicimos una espera a los facos, pero tampoco hubo suerte, pues hacía mucho calor y no volvieron a su encame. El día siguiente sería el último de mi safari. ¿Podría dar caza a ese gran kudu?, me pregunté toda la noche.

Habíamos retomado la persecución de mi kudu. Estaba dispuesto a andar, patear, sudar, padecer… todo lo que hiciera falta por conseguir el sueño de mi primer safari. Caminábamos por una zona cercana donde, la jornada anterior, habíamos visto al gran macho. Eran exactamente las 07:45 horas cuando mi ansiado kudu nos sorprendió por detrás en una zona de vegetación muy cerrada sin darnos, de nuevo, la más mínima opción de tirarle. A las 16.30 horas localizamos otro ejemplar, también de buen tamaño, y decidimos hacerle la entrada. Lo intentamos hasta que cayó la noche, en el más absoluto sigilo, pero sin conseguirlo. Increíble. Me iba a marchar sin mi kudu. Al día siguiente regresaba a casa, aunque tendría tiempo de hacer el último intento hasta las 10:00 horas. Cuatro horas desde que amaneciera. ¿Habría suerte?

Septiembre 9

De nuevo no esperé al timbre del despertador. Me levanté de un salto. Era la última oportunidad. Comenzamos el rececho en la misma zona que el día anterior. Kobus Jr. me explicó que los kudus son muy territoriales, y suelen vivir y frecuentar la misma zona. Al rato, nos sorprendieron unos ñúes. Nos escondimos para que no nos vieran y así no perturbar la paz del campo, por si acaso nuestro objetivo anduviera cerca. Y lo estaba. Pasaron los ñúes y continuamos la marcha cuando, a no más de 20 metros, escuchamos de nuevo el característico berrido del kudu cuando está en alerta. La adrenalina reactivó todos mis sentidos. Le seguimos la pista por una ladera en la dirección de su huida hasta que lo volvimos a ver. Esta vez sí estaba parado, dándonos el culo, un poco de lado y con la cabeza girada hacia nuestra posición. Apoyé el rifle en el trípode que había plantado Kobus Jr. Era mi última oportunidad. Pude verle, por primera vez, a través de la mira… pero no tuve tiempo de ponerle la cruz dentro, ya que enseguida salió corriendo y se tapó. Nunca he visto un animal tan majestuoso, elegante y listo como aquel. Verle correr por la sabana me impresionó.

Reanudamos la persecución y nos tropezamos con otro buen kudu al que hicimos un par de desesperadas entradas, pues el tiempo se acababa, pero tampoco pude tirarle, así que volvimos al campamento sin cumplir nuestro objetivo. Ahora, mi nuevo gran sueño es repetir un viaje como éste para reencontrarme con mi gran kudu y sentir y vivir lo que un cazador sólo puede sentir y vivir en el continente negro. En África.


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