Diario de un safari, parte 1

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Sudáfrica

Ya había cazado fuera de España. Ahora, con tan sólo 27 años, iba a cumplir mi gran sueño: hacerlo en África. Contraté un paquete que incluía un ñu azul, un impala, un faco, un bleshbuck y un duiker. Una vez allí, me encontré con un kudu, un enorme macho que se convertiría en mi gran obsesión…

Texto: Pedro Ventaja

01301831[dropcap]T[/dropcap]odo empezó con una comida en un conocido restaurante de Vinaroz (Castellón) donde, tras cruzarnos varios correos y alguna llamada telefónica, quedé para comer con Carlos Mas. Era junio de 2009 y ya estaba decidido a hacer mi primer safari. A finales de noviembre confirmé el paquete de antílopes que quería y las fechas de mi viaje: septiembre de 2010. Cazar en África: no podía creer que, con 27 años, fuera a cumplir el sueño de mi vida.

Septiembre 1

En la puerta de embarque K91 de la T-4 del aeropuerto de Barajas (Madrid). No era la primera vez que viajaba fuera de nuestras fronteras empujado por mi afición cinegética: después de varios periplos por tierras rumanas detrás de corzos y jabalíes me disponía a la aventura de cazar en África.

Septiembre 2

Imagen-4Aeropuerto de Johannesburgo (Sudáfrica). Allí me esperaban Kobus y Kobus Jr. Tras pasar la aduana nos pusimos en camino hacia la finca, a la que llegamos tras tres horas de coche por caminos de polvorienta tierra de color rojizo. Después de saludar a Susan y dejar mis enseres personales en mi habitación, Kobus Jr. me preguntó si quería cazar o descansar del largo viaje. Por supuesto, no me lo pensé ni un segundo: salimos de caza. Faltaban pocos minutos para las 14:00 horas cuando, con mi rifle colgado del hombro, mi vista se me perdía por primera vez en la inmensidad de la sabana.

Partimos en dirección sur, descendiendo por una colina. Al rato divisamos dos ñúes bastante ‘aceptables’, pero nos vieron enseguida y huyeron. Intentando seguirles nos topamos con una manada de sus conegéneres –que apenas pudimos apreciar debido a lo espeso de la vegetación– y nos sorprendió un gran kudu: es increíble, a pesar de lo grandes que son, la facilidad que tienen estos animales de camuflarse. Era un bello ejemplar con un muy buen trofeo –según Kobus superaba las 53 pulgadas–. Desde ese momento no pude dejar de pensar en él. Proseguimos la marcha hasta que divisamos dos ñúes más. Uno de ellos era ‘bueno’ y decidimos hacerle la entrada. Estaban en una llanura con muy pocos árboles. Nos pusimos a distancia de tiro arrastrándonos por el suelo hasta llegar a una piedra lo suficientemente grande como para poder ocultarnos de su vista.

Septiembre 3

Por primera vez un animal africano estaba dentro de mi visor. Tumbado en el suelo, recostado sobre la piedra y con el rifle apoyado en un pequeño árbol, intenté mantener la cruz en el codillo del animal y solté un primer disparo. Aunque lo acusó, el ñu salió corriendo despavorido con su compañero y ambos se perdieron entre la maleza. Kobus me decía que había sido un buen tiro y que lo encontraríamos muerto más adelante. Empezamos a seguirles y no tardamos ni cinco minutos en localizarlos. Al vernos volvieron a salir corriendo, aunque el grande acusaba el disparo. Kobus Jr. y yo intentamos rápidamente buscar una buena posición de tiro: cuando se detuvieron, mi guía plantó el trípode para que le tirara. Apoyé el rifle y encontré al animal en mi visor a más de 250 metros. Jadeante aún por la carrera, me era casi imposible plantarle la cruz. Intente concentrarme al máximo, solté todo el aire de mis pulmones y contuve la respiración, puse la cruz a un palmo por encima del ñu y deslicé la yema de mi dedo por el gatillo. Sonó el estruendo y la Nostler Partition de 200 grains hizo su trabajo. Cayó fulminado. Era mi primera pieza africana y había sido un lance muy bonito con un animal extraordinario, medalla de oro.

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Septiembre 4

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Apenas dos horas de caza y ya tenía mi primer trofeo. Lo cargamos en el Jeep y fuimos a por los impalas. Dimos con una manada de unos seis o siete ejemplares con dos o tres buenos trofeos. Cuando estaba a punto de tirar se percataron de nuestra presencia y se fueron corriendo: me impresionó lo veloces que son. Les seguimos hasta dar con ellos. Tiré al macho más grande e incomprensiblemente fallé: el miedo a que volvieran a vernos hizo que me precipitara un poco. Salieron como alma que lleva el diablo. Nosotros, tozudos, detrás, hasta que volvimos a verlos, a más de 300 metros, al pie de una pequeña y pedregosa montaña y bastante tapados por la vegetación. Localizamos de nuevo al macho más grande e hicimos el acercamiento arrastrándonos un buen trecho hasta ponernos a una distancia de tiro más razonable, aunque seguía estando por encima de los 200 metros. Así conseguí mi segundo trofeo, un bonito y gran impala al que sólo le faltaron tres décimas en la medición para llegar a oro. Fotos… y a casa, dando por finalizado un intenso día de caza que nunca olvidaré por ser el primero en el que pisé África.

Septiembre 5

Nuevo día de caza, esta vez con los dos Kobus, en busca de duikers y facocheros. A las 10:00 regresamos a casa. Sólo habíamos avistado dos hembras de este diminuto antílope. Tras comer algo nos pusimos en marcha de nuevo. Pisteamos con el coche durante un buen rato. Después continuamos a pie. Tras varias horas sin ver nada mi ánimo empezaba a decaer. «¡Facos!», gritó Kobu Jr. señalando enfrente de nuestra posición. Plantó el trípode y me dijo que había una hembra grande. Apoyé el rifle y a través del visor sólo distinguía unos bultos de color grisáceo… hasta que vi relucir dos colmillos de color blanco. Supe que era a ése al que debía tirar. Hicieron falta dos balas más de remate, ya que la primera quedó trasera, pero ya tenía una buena hembra de facochero con un trofeo de 11 pulgadas.

Nos dirigimos hacia el coche dando un rodeo en busca de un duiker. Cerca del vehículo nos sorprendió un buen macho de bushbuck, animal muy escaso. Era un muy buen trofeo, seguramente oro, y Kobus insistía en que le tirara. No lo hice: prefería acabar primero el paquete contratado. Quizá dentro de unos años me arrepienta…

Septiembre 6

01303075Salimos del campamento –habíamos vuelto para descansar un poco– dispuestos a carrilear en busca del pequeño, difícil y esquivo duiker. Vimos toda clase de animales: impalas, ñúes, red hartebeest, nyalas, bushbucks, hienas, cocodrilos… pero de los duikers ni rastro. A las 21.00 horas decidimos regresar a casa. Después de tanto patear, de soportar un calor asfixiante… allí estaba, a unos pocos de cientos de metros de nuestro campamento, junto al camino, como si nos estuviera esperando, un bonito macho. Fotos, café caliente y a dormir.

Ir a la segunda parte del reportaje.


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