Caza ‘endorfínica’

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José María Gallardo – 07/11/2014 –

 

Es habitual relacionar la caza con el dinero y el poder; en muchas ocasiones también se relaciona con el deporte, y otras veces sale a la palestra el aspecto económico o el social, pero no es habitual relacionar la caza con el erotismo, la sensualidad y las pasiones más lascivas.

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Nos plantábamos ya por mediados de noviembre en una temporada de caza más, una de tantas e inolvidable como todas. En aquellos tiempos siempre acompañaba a mi padre al puesto en montería o media veda, o a galope tendido tras la caza al salto. Esta vez tocó ir a una batida de jabalí en Peraleda del Zaucejo (Badajoz).

Empezó la mañana fría y “sonca”. El ambiente en la Junta Montera era más bien de resaca. La ausencia de pequeños monteros me hacía más aburrido el día y sólo la esperanza del lance me mantenía despierto tras el madrugón. ¡Empieza la cacería!, las primeras ladras, los primeros tiros, los primeros agarres, los primeros jadeos… pero qué jadeos, qué sofocos, qué angustia; una ladra tras un macareno que pasa por el puesto que teníamos por encima y no le tiran, se ve un poco de humo y un perrero en lo alto de una piedra con las manos en la cabeza. Entre jaras y breñales, entre una manta y la poca candela para aliviar el frío, una pareja alivió también su desesperada libido.

Ahora ya, un poquito más mayor, puedo comprender científicamente este asunto que nos ocupa. No, no, no… no es que tengamos la mente sucia, ni mucho menos, sino que la culpable de todo el follón, nunca mejor dicho, fue la endorfina, hormona que nos alegra el cuerpo y la vida, que le da un vuelco a un día gris, o hace que el macareno de tu vida se vaya con cara de susto al verte gozar como un semejante. Maldita hormona de la felicidad que nos provoca la CAZA.


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