Agricultores leridanos recurren a la caza furtiva para combatir las plagas de conejos

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Una legión de conejos se esconde en las parcelas de árboles frutales, de olivos y entre los campos sembrados de la comarca de les Garrigues. Son pequeños animales de campo que aparecen y desaparecen de un salto al escuchar ruidos humanos.

27/06/2014 | La Vanguardia | CECILIA LÓPEZ

En el suelo, el rastro más evidente es un manto de excrementos que delata su extendida presencia. Los agricultores de la zona llevan años quejándose de esta plaga que daña no sólo las cosechas sino también las cortezas de los troncos de los olivos, los almendros y algunos frutales hasta dejarlos secos. Cansados de esta situación, algunos han tomado cartas en el asunto e intentan detener, furtivamente, lo que para ellos es un verdadero quebradero de cabeza y un generador imparable de pérdidas económicas.

Un agricultor de la zona nos guía por su finca. Está agujereada como un queso gruyer por centenares de madrigueras. En ellas, situadas en los márgenes y los setos que delimitan las parcelas, viven los conejos que atacan los sembrados y los cultivos de regadío. A cada paso podemos ver conejos que huyen al escucharnos.

El agricultor no quiere dar su nombre ni nos deja fotografiar ningún elemento que pueda identificarlo. “No me queda más remedio que criar una familia de hurones para cazar conejos -en época de caza es legal- y poner jaulas en las zonas de olivos para luchar contra las urracas”, admite. También recurre a los lazos y a las trampas. Este agricultor, un payés de toda la vida de les Garrigues, dice que se ve abocado a cometer una ilegalidad y a arriesgarse a que cazadores, Agentes Rurales o Mossos d’Esquadra le denuncien por practicar la caza furtiva. Él se justifica explicando que “sólo quiere defender sus cultivos” y reconoce que “es una práctica absolutamente común entre los agricultores”.

Pero no sólo los conejos ponen en peligros las cosechas. Los jabalíes son aún más peligrosos y se han extendido sin ningún control desde la montaña y por toda la demarcación de Lleida. Las urracas también están en la lista de animales a ahuyentar de los campos. Bajan de sus nidos, en las copas de los árboles o en las torres eléctricas, y pican la fruta dejándola inservible. En el Pirineo, en cambio, además de comerse la hierba del pasto para los rebaños, los ciervos y buitres quitan el sueño a los ganaderos. Matan a crías y pueden transmitir enfermedades a las especies domésticas.

Asociaciones de ganaderos denuncian la introducción de especies no autóctonas, que además de estar protegidas y reproducirse libremente, encuentran alimento fácilmente y no cuentan con un depredador natural que ayude a controlar la población. Los Agentes Rurales, y en último término los cazadores, son los encargados de controlar esta fauna salvaje. En el otro lado de esta disputa, los agricultores en la plana y los ganaderos en alta montaña, no piensan escatimar recursos para proteger su medio de vida.

Permiso para cazar

Llorenç Ricou, jefe del cuerpo de Agentes Rurales en Lleida asegura que “prácticamente se puede cazar durante todo el año” y que los agricultores no tienen necesidad de actuar de forma furtiva para controlar la fauna salvaje en sus terrenos. Aunque sí manifiesta que existe un handicap con el jabalí en la plana de Lleida: “Es nuestro principal problema y salimos a cazar casi cada noche, ya que es una especie muy resistente y adaptable que provoca graves daños no sólo en cultivos sino también en las carreteras y en zonas habitadas”.

Tal como explica Ricou, “los agricultores afectados por daños por fauna salvaje sólo tienen que comunicarlo y, prácticamente al día siguiente, se abre un período especial de caza si es necesario”. El agricultor que nos enseña su finca, matiza que efectivamente se abren periodos de caza extraordinarios pero que hay que documentar todos los daños, por ejemplo con fotografías. Es un proceso laborioso y más cuando las cosechas ya han sido atacadas.”Nuestra obligación es evitar que esto pase, hemos de acabar con los conejos antes de que dañen los árboles porque cuando roen el tronco y lo secan, la planta muere y hay que arrancar, replantar y esperar cuatro años para producir de nuevo”. Ricou rebate que muchos conejos mueren a causa de la hemorragia vírica, una enfermedad que les afecta de forma común y que controla en cierto modo la población.

Pero el agricultor de les Garrigues denuncia que muchos de los conejos que encuentra no son de la especie autóctona de la zona y asegura que no se le ha permitido hacer pruebas para demostrarlo. Ricou, por su parte, admite que “sí es cierto que en algún momento pueden haberse soltado conejos de especies no autóctonas, principalmente en zonas de la Horta de Lleida”, pero puntualiza que “el número de ejemplares es muy minoritario”. “Los detectamos porque claramente son de colores distintos al conejo autóctono”, añade Ricou, que asegura que solamente se persigue a aquellos cazadores o agricultores furtivos que usen “trampas, lazos u otras malas artes” de forma ilegal.

Los agricultores, en declive

El presidente de la Asociación de Empresarios Agrarios de Lleida y la Asociación Agraria de Jóvenes Agricultores de Lleida (AEALL ASAJA), Pere Roqué explica que los agricultores arrastran problemas relacionados con las políticas de fauna salvaje de gobiernos anteriores. Roqué sostiene que las medidas excesivamente ecologistas dejaron a los ganaderos y a los agricultores desprotegidos frente a los ataques a cultivos y rebaños. “Imágenes como las de Collserola, en las que los vecinos alimentan a jabalíes, no nos benefician en nada; esta especie no sólo provoca daños en los cultivos, es muy peligrosa para el humano”, se queja Roqué.

Manel Bernacho, de la Associació de Ramaders del Pallars Sobirà i Comarques Veïnes, advierte que “las especies en peligro de extinción en el Pallars Sobirà son los agricultores y los ganaderos” por culpa de varios factores. Uno de los más graves, según él, es “el crecimiento incontrolado de fauna salvaje y la introducción de especies no autóctonas”.

Bernacho lamenta que cada año encuentran un 20% más de la fauna que se supone que está bajo control: “La única especie autóctona de cabra en la zona era el isard y se han introducido gamos y otros ciervos que, además de comerse los pastos de nuestros rebaños, transmiten enfermedades como la tuberculosis, la neumonía, la brucelosis o la leucosis a través de los abrevaderos de montaña y de las piedras de sal de nuestras vacas y ovejas”.

Otro de los animales problemáticos en la montaña son los buitres. Bernacho asegura que “el autóctono era el buitre blanco, que era carroñero, pero a raíz de la introducción del buitre negro ambas especies han acabado atacado animales vivos como los terneros recién nacidos”. “Los ganaderos de la zona vamos a tomar medidas, nuestras fincas ya no son nuestras. En ellas no hay sólo nuestros rebaños o nuestros cultivos, cohabitan con los rebaños de fauna salvaje de la Generalitat”, avisa.

“Ahora se han reducido los fondos del Plan de Desarrollo Rural y esto, junto a la desprotección ante los ataques de la fauna salvaje, acabará con los ganaderos de la zona si no tomamos medidas”, remacha Bernacho.

Los métodos furtivos

Algunas especies como el jabalí, los ciervos o el zorro sólo pueden cazarse con arma de fuego. Para el resto de pequeños animales salvajes como el conejo o los pájaros existen otros métodos, unos legales en época de caza y otros considerados malas artes, como los lazos o las trampas. La caza con hurón es una práctica legal que usan los agricultores aún cuando no está abierto el coto.

La caza del conejo con hurón consiste en tapar con redes los posibles agujeros de salida de una misma madriguera y soltar por uno de ellos un hurón que recorra los túneles subterráneos hasta localizar a los conejos. Estos, acaban saliendo de la guarida perseguidos o mordidos por los hurones.

Los buitres son especies protegidas a las que no se puede dar caza. Los gamos y el resto de ciervos pueden cazarse en épocas concretas.

En el caso de las urracas, para evitar que piquen las piezas de fruta se utilizan jaulas. El agricultor nos enseña una de las que tiene colocadas bajo un árbol en el centro de una parcela. La jaula está dividida en varias secciones y tiene sus puertas abiertas. En medio, una urraca –procedente de alguno de los muchos nidos de la zona– se alimenta de agua y cereales mientras ejerce su territorialidad. Este animal, inconfundible por su plumaje blanco y negro iridiscente, es una de las aves más astutas. Si un ejemplar habita en una parcela, sus congéneres deben respetar su zona. Cuando otra urraca quiere disputársela, se adentra en la jaula y antes de poder picar a su rival, la puerta se cierra automáticamente, atrapando al ejemplar.

Con el tiempo, la urraca enjaulada se convierte en la dueña de esa parcela. “Esta es, al fin, una buena arte”, explica el jefe de Agentes Rurales de Lleida, Llorenç Ricou, “porque no se usa arma de fuego y el método es efectivo, aunque el dueño tiene la obligación de controlar diariamente a la urraca enjaulada para asegurar su alimento”.


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